domingo, 8 de febrero de 2009

Injusticias

No hay nada más injusto que los tribunales. allí lo bueno y lo malo pende fatalmente del criterio de un puñado de hombres ¡Ellos pueden promocionar o arruinar cualquier cosa a juzgar!

Los certámenes literarios, las galas y premios artísticos son un claro ejemplo de injusticia. Aquellas obras que no congenían con la forma de vida, con los gustos, con las razones, los sentimientos y disposiciones de quienes juzgan son injustamente arruinadas.

Pero toda cultura se forja sobre la injusticia ¡Sobre injusticias se erigen nuestras justicias! Pero nadie tiene valor ni corage de confesarlo...

miércoles, 4 de febrero de 2009

El librepensador

El librepensador, como figura cultural, nace a partir del s.XVIII, hijo de la impremta y por tanto de la cultura de masas; es un hermano del periodismo.

Voltaire o Sartre son auténticos paradigmas de librepensadores, también conocidos como, intelectuales. Su característica más común consiste en criticar y atizar a la sociedad a través de cierta seducción: usa el pensamiento como palanca para alcanzar el poder social -Reconocimiento, atención, dinero, criterio, etc-. Fernando Savater es un ejemplo actual de ello.


Hay que diferenciar el librepensador del filósofo. El primero es una raza más bien cómica, populachera, incluso mercantil que en el fondo se familiariza bastante bien con la canalla, ya para bien ya para mal. El filósofo, en cambio, es un espíritu más fuerte, más selectivo, más arrogante; ve la actualidad con desprecio y al pueblo como algo infantil, acaso digno de compasión.

Lo último que persigue el filósofo es la fama: no busca llegar a muchos puesto que considera sus conocimientos y descubrimientos demasiados elevados para preferir la sensación de reconocimiento. Es un ser sumamente orgulloso. El librepensador, en cambio, sólo es astuto, muy astuto.

Los librepensadores no han sido más que cómicos y actores que han puesto en escena, en el gran teatro de la ciudad, los descubrimientos y conocimientos elaborados y destilados por los carácteres filosóficos en el más solitario anonimato. Voltaire, por ejemplo, no crea nada nuevo: todo cuanto defiende fue descubierto por los potentes y regios filósofos del s.XVII.

El mercado está lleno de payasos ¡Y a la gente de ciudad le gusta el circo! Y dicen que eso es la vida.

lunes, 2 de febrero de 2009

Sobre la finalidad de la humanidad

Seamos sinceros, vivimos en una civilización absolutamente derrochista; en todos los sentidos ¡Nunca antes habíamos sido tan ricos en recursos, técnicas, emociones, fuerzas y conocimientos! Y sin embargo derrochamos tan colosal potencia ¡Somos incapaces de darle ninguna proyección más allá del hombre mismo y la actualidad! Estamos dilapidando cuanto se ha sacrificado e invertido durante siglos sólo por le gozo del instante fugaz, siempre fugaz.

Nos ponemos enfrente de nosotros mismos y nos preguntamos ¿Qué sentido tiene nuestras vidas? ¿Qué sentido tiene vivir en sociedad? ¿Qué sentido tiene sacrificarse por algo, eso es, destinar nuestra vida, sea ésta más corta o más larga, a alcanzar cierto objetivo? ¿Por qué no acabamos por pasar de todo y nos dedicamos, simplemente, a vivir por vivir de la forma más cómoda posible? ¿Por qué tenemos que complicarnos la vida? A fin de cuentas, todo es voluble, efímero, huidizo, inestable, relativo...

Hay que reconocer, nosotros que somos anticristianos, que el cristianismo tuvo algo de grandioso: Fue capaz de actuar como una religión, es decir, puso un objetivo común a Occidente, a saber: al canzar el reino de Dios.

Bien, nosotros ya no creemos que el objetivo de la humanidad sea ese, sin embargo nos preguntamos ¿A qué debemos destinar todas nuestras fuerzas, nuestros conocimientos, nuestras vidas? ¿Acaso a nosotros mismos? ¿Acaso a hacer la vida de los desgraciados, retrasados y fracasados más bonita a través de ONGs y otros actos solidarios? ¿Cual es el sentido de la humanidad?

Somos anticristianos no porque seamos irreligiosos, sino porqué no creemos ni en la salvación ni en los elegidos. Somos anti solidarios porque no creemos que el destino de nuestras vidas sea reconfortar las vidas del prójimo con el fin de hacer pasar esta vida nuestra de la forma más cómoda posible. De hecho, no creemos en ninguna religión o idiosincracia que predique el dar derechos y oporunidades ¡No creemos en el chocolate para todos! Somos demasiado astutos y experimentados como para saber que tales movimientos son un embuste y un fraude: un clavo ardiendo donde se agarran los desheredados, bastardos e infértiles del mundo... que no són pocos.

Hay que crear una religión nueva que dé sentido a la humanidad, es decir, que le de un objetivo y por tanto una proyección y un futuro. Una religión que no esté dirigida ni por necios, ni cobardes ni envidiosos ni fracasados ni soñadores.

No, señores, no, la vida no tiene ningún sentido ¡Por eso es inmoral! Pero nosotros le podemos dar múltiples sentidos y objetivos, es decir, la podemos volver moral ¡Y debemos!

Debemos canalizar toda esta riqueza espiritual heredada y acumulada tras siglos de luchas, tensiones, críticas y tentativas.

viernes, 30 de enero de 2009

Apolo y Dionisios

Hace algunos meses conversaba con Tzaviere sobre la distinción entre poetas y filósofos, mejor dicho, entre arte y ciencia. A mi entender el filósofo no es más que un poeta; y quien dice el filósofo dice el científico... el amante del conocimiento. Pero todo esto se ha interpretado de forma idealista durante siglos ¿No es necesario reinterpretarlo?

Quizás a muchos les sonará descabellado si digo: podemos usar los mitos de Dionisios y Apolo para describir sistemas matemáticos. Lo cierto es que ya Aristóteles, por ejemplo, parece hacerlo ¿En qué sentido? Es sabido que Dionisios representa lo irracional, y en base a eso cabe atender que Aristóteles define lo dionisíaco como esa pecualiar experiencia que vive el hombre cuando se da cuenta que no es algo individual y aislado, sino que forma parte del Todo ¡Lo Irracional rompe el principio de individuación y lo mezcla todo! También Platón nos cuenta algo muy parecido en su Banquete.

Así pues, Dionisios representa lo irracional en la medida que nos impide saber que nosotros somos iguales a nosotros mismos, sino que somos parte del Todo. En este sentido, todo aquello que no es finito, delimitado, individual, de por sí, pasa a ser tratado como dionisíaco y por tanto, irracional. Ahí tenemos, por ejemplo, los números irracionales o incomensurables como Pi, o simplemente la idea de infinto: aquello que tiende siempre hacia... Visto así las matemáticas también poseen su parte de irracionalidad.

Sin embargo, también podríamos definir a Dionisios, es decir, a lo irracional, de otra forma; podríamos decir que lo contradictorio es irracional. Por ejemplo, una proposición del tipo "todo lo que yo te diga es mentira" puede considerarse paradójica dado que viola el principio lógico de no contradicción. En matemáticas este tipo de sistemas irracionales se llaman sistemas inconsistentes; ahí tenemos, por ejemplo, los sistemas informáticos: esos programas en los que sus instrucciones se contradicen y por tanto, resulta imposible obtener ningún resultado ya parcial ya definitivo porque el sistema entra en un bucle. Se dice, entonces, que los sistemas contradictorios son indecidibles ¡No podemos tomar ninguna decisión! Además , éstos muestran ciertas características muy interesantes que, sin embargo, no se han estudiado demasiado ¡Estudiar lo contradictorio incomoda a muchas mentes!

Cuando Nietzsche habla de Dionisios "Me enorgullezco de seguir las doctrinas del filósofo Dionisios y preferiría mil veces ser considerado sátiro que santo" [Ecce Homo] toma a Apolo y a Dionisios en este sentido: como lo contradictorio y lo no contradictorio, y no en el sentido místico de Aristóteles y Platón. Hay que entender, luego, que la fatalidad dionisíaca Nietzscheana sea harto distinta a la Aristotélica. Aunque Nietzsche nos dice algo más entre líneas al hablar de tal guisa... pero esto lo dejo para que vosotros mismo lo adivinéis ¡No querréis que os lo pase todo por el comendero!

jueves, 29 de enero de 2009

Pensamientos criminales

Nuestros pensamientos y sentimientos más sublimes amalgaman siempre algo de criminal. La faz de reptil que se esconde astutamente entre nuestros modales más emperifollados se transluce en nuestras decisiones.

El cielo será para los buenos, no hay duda; pero la tierra es, siempre, de los que van de buenos.

martes, 20 de enero de 2009

Dios no existe


Hace poco, en Barcelona se colgó en los buses la siguiente propaganda "Probablemente Dios no exista; disfruta de la vida". Esta exigencia moral tiene algo de profundamente contradictorio, al menos para nosostros que somos mediterráneos y que, por tradición, relacionamos rápidamente la palabra Dios con el Dios católico que reflejan nuestras Iglesias y Catedrales. Y es que el Dios católico para nada es el mismo que el protestante; de la misma forma que los hombres mediterráneos somos harto distintos a los del norte de Europa -Esto lo saben bien las mujeres- ¿Cómo vamos aceptar un mismo Dios?

Para empezar, los católicos pueden hacer lo que les plazca... mientras se confiesen o bien, enriquezcan a la Iglesia. Esto para los protestantes resulta inconcebible, para nosotros, en cambio, nos parece incluso moral y justo.

Los católicos no entendemos eso de que la existencia o no existencia de Dios dependa de la probabilidad; sólo los ingleses creen en este argumento (Hume y sus discípulos intelectuales). Nosotros, mediterráneos, sabemos que Dios es, simplemente, una cuestión de fe ¡Aquí es la fe quien demuestra! Si uno cree en Dios, entonces, Dios existe; si uno no cree en Dios, éste no existe ¡Y no hay más que hablar! Pero los protestantes necesitan demostrar la existencia de Dios con las manos (empirismo) o con la razón y decir: veis, Dios está aquí.... Dios es esto. o bien ¡Dios existe porqué lo puedo pensar! A nosotros, católicos, esto nos parece una gilipollez.

Por tanto, tal y como los mediterráneos entendemos estos temas, o Dios existe o no Existe ¡Y esto es cuestión de fe! Además, creer en Dios no implica no hacer lo que nos plazca, ya que siempre podemos confesarnos y pedir bula al Papa.

Así pues, analizado este tema desde semejante perspectiva cabe afirmar que un ateo mediterráneo y católico no dirá que la existencia de Dios es improbable y que, por tanto, como que no hay Nada que juzgue sus actos desde la Eternidad entonces se ve libre de hacer lo que le plazca. Un ateo católico dirá, más bien: Dios no existe porque no creo en él, ni en efecto, en sus sacerdotes, por tanto, ¿qué razones tengo yo para gozar de la vida? ¿Puedo realmente gozar de la vida sin temor a nada, sin temer sus consecuencias? A fin de cuentas la esperanza en la redemción que me ofrece el sacerdote me alivia. A fin de cuentas el sacerdote te promete que por más gorda que la hagas, si pides perdón, no pasa nada.


En definitiva, quienes han promovido esta publicidad atea por barcelona son unos incultos: Hooligans de la cultura.

lunes, 19 de enero de 2009

Cultura clásica

Hemos heredado del Renacimiento la idea y la sensación de que lo clásico es lo antiguo. Pero la cosa no queda aquí; la modernidad, no obstante, valoró lo antiguo como lo caduco, mientras lo moderno pasaba a ser considerado como lo original. De aquí emerge esa sensación dominante en la actualidad que dice: lo clásico es algo pasado de moda cuyo valor reside, acaso, en conservar la memoria histórica de la cultura.

Creo recordar que fue Cicerón el primero en hablar de las artes clásicas para distinguir el arte noble del arte popular. Es decir, los autores clásicos eran los autores que se dirigían a cierta "clase", como por ejemplo Ovidio y Horacio; grandes despreciadores, ambos, de los aplausos de las masas. Y es que en Roma había una nutrida cultura popular.

En este sentido, los romanos (y también los hombres renacentistas aunque de forma distinta) discernían la cultura vulgar de la cultura clásica por el "efecto" que ésta ejercía: un efecto clásico es un efecto distinguido, exclusivo y difícil de apreciar por sus matices y sus esteticismos.

El arte clasico es exigente y selectivo con su público, siempre, puesto que ama la privacidad.


Toda cultura aristocrática, es decir, toda cultura forjada sobre diferentes clases sociales y por tanto, caracterizada por congeniar distintos tipos de educación que divida a los hombres en distintos rangos, desarrolla naturalmente una cultura clásica, es decir, una cultura que persigue un efecto clásico.

Cabe considerar como clásica aquella que refleja cierto perfeccionamiento, eso es, cierta privacidad, exclusividad y por tanto, cierta rareza.