sábado, 23 de marzo de 2024

Un ejemplo de mediocridad interpretativa: de las 3 transformaciones

 Me apena como se han interpretado ciertos autores singulares a lo largo del s.XX y parte del XXI; que han sido siglos eminentemente mediocres a nivel intelectual o filosófico, aunque no a nivel técnico. 

Obviamente lo que voy a escribir no deja de ser mi opinión y mi valoración. Es comprensible, por tanto, que no se comparta. Tampoco es un ataque "ad hominem" al youtuber que pone en escena este ejemplo de mediocridad; a fin de cuentas no repite más que la tesis común y aceptada a nivel académico. 

Este es el vídeo en cuestión: De las tres transformaciones.

Doy por hecho que se ha visto el vídeo y por tanto al leerme uno sabe de qué estoy hablando: de una parábola escrita por Nietzsche al comienzo del libro primero de su "así habló Zarathustra" donde narra las tres transformaciones del espíritu.

Lo que no se tiene en cuenta en la interpretación que se vende en el vídeo (porque es un vídeo para vender), y que es el muñeco de paja más habitual que corre desde hace décadas por las universidades de filosofía a fin de enseñarlo, es el contexto de dicha parábola. 

No, no se tiene en cuenta el prólogo del libro ni lo que ahí se cuenta para interpretar la parábola. Además, como a Nietzsche no se le entiende, pues hay un esfuerzo continuado por mal interpretarlo adecuándolo a los prejuicios de moda, pues aún se hace mayor la desnaturalización de la interpretación que se vende. 

De la parábola de las tres transformaciones del espíritu

Cabe tener en cuenta que Nietzsche presenta la parábola para explicar las tres transformaciones que sufre el espíritu cuando experimenta, como revelación singular, que todo cuanto le han enseñado, y ha vivido, es una gran mentira; o bien se trata de relatos muy vagos, simplones y chapuceros, que en el mejor de los casos se atribuían a algún Dios para darles fuerza y sentido, contenido y profundidad. 

Cuando el espíritu advierte que la gente, por lo general, necesita constantemente vivir de engaños, falsedades, conveniencias, manipulaciones, errores y mentiras, entonces por instinto se aparta de la sociedad, de las modas, de los grandes expertos, los poderosos y las autoridades, que se llenan la boca con la palabra "verdad", simplemente para dar trama al teatro que tienen ahí montado. 

Esta primera revelación del espíritu es, pues, percibirlo todo como una inmensa e incomible pantomima, un circo de vanidades y titiriteros, una matrix para "normies" y mentes superfluas; y preguntarse: -¿Dónde está la honestidad, la verdad y la certeza?- Y, precisamente, de esta revelación e inquietud espiritual surgirán las tres transformaciones del espíritu. 

La primera transformación que experimenta el espíritu consiste, precisamente, en ir a por la verdad a toda costa, cueste lo que cueste ¡El espíritu se convierte en un camello! El animal que se siente más fuerte para marcharse del "mundo" y buscar la verdad en los terrenos más agrestes y desolados, pese lo que pese; pero también el animal más dolido -por saberse solo, puesto que nadie quiere la verdad, pura y dura, sino dulces mentiras, fascinantes relatos o, simplemente, toma por verdad lo primero que una autoridad le cuenta. 

Con motivo, pues, el espíritu se aparta de todos por el dolor y el menosprecio que le produce tanta mentira y mediocridad condescendiente, tanta falta de probidad intelectual, de crítica y capacidad de replantear nada, de suspicacia e interés por analizar y contrastar nada. Y huye al desierto, hacia la soledad, pasando todo tipo de vicisitudes durísimas. 

Así pues, en esta primera transformación el espíritu no quiere, para nada, que le traten con indulgencia, que le mientan o le cuenten milongas halagadoras, compasivas o esperanzadoras: su fuerza y su dolor exigen la verdad pura y dura, aunque duela, sea horrible o pese como una losa en el corazón. De modo que tal espíritu lo examina y rumia todo, absolutamente todo, hasta el mínimo detalle intentando discernir lo real y cierto de la fantasía y el engaño.

Y es entonces, cuando el espíritu alcanza lo más profundo del desierto (después de una larguísima travesía buscando la verdad), se produce una nueva transformación: se vuelve en león -el rey de la selva. Es decir, se hace amigo de Dios, del gran creador de leyes ¡Lo considera un igual y no una autoridad a obedecer! Pero, ¿qué significa eso? 

En un alarde de honestidad y sinceridad aquí el espíritu se reconoce a sí mismo, ahora, como un creador de leyes y criterios, de valores y medidas. Se reconoce así mismo como un primer motor y por ello, un ser con voluntad propia: -las cosas son y valen lo que yo digo que son y valen- Así ruge imperial y dominador el espíritu ante esta segunda transformación. 

Por tanto, el espíritu de león toma consciencia, por fin, de que no existen unos valores en sí al que someterse, ni por tanto que las cosas tengan una manera de ser prefijada esperando ser descubierta por supuestas facultades innatas e inmaculadas, sino que es él quien impone una medida y un criterio sobre el que juzgar como son todas las cosas como un reflejo de su fuerza espiritual y el largo período de formación en solitario. 

Pero aún tan gran empoderamiento que le sobreviene al espíritu como león, a éste le falta la tercera y definitiva transformación: volverse un niño y adquirir la suficiente audacia e inocencia para crear, con su criterio y sus medidas, su fuerza y soledad, una visión del mundo como fruto y reflejo de tan colosal proceso espiritual. 

Sólo como niño, pues, el espíritu es capaz de tomarse la libertad de crear ideas nuevas, felices y rompedoras sobre las cosas que preludian un nuevo porvenir.


 




 




viernes, 1 de marzo de 2024

¿Amamos aún la vida?

¿Qué son el espacio y el tiempo? 

Estamos ante una pregunta muy antigua que se ha abordado a través de diferentes perspectivas desde los griegos. Y por lo general, la gente la toma desde una perspectiva dogmática: consideran que el espacio y el tiempo son conceptos propios y constitutivos de la realidad misma, quintaesencias de la existencia, con lo cual creen que a través de la ciencia podremos, algún día, descubrir qué son en realidad.

Aquí vamos a plantear otra interpretación muy diferente. Vamos a considerar que el espacio y el tiempo son metáforas estrictamente humanas; ficciones o artificialidades que sólo tienen sentido en un "mundo" creado por humanos; tal y como serían, también, los valores morales o los códigos civiles. Consideramos, pues, la ciencia una forma de poesía cuyo fin no es despertar emociones y sentimientos, sino describir y predecir lo que medimos.  

¿Qué significa esto? Entre otras cosas, que la ciencia consiste, precisamente, en ir creando y construyendo tales conceptos a fin de dotar de un sentido objetivo a cuanto experimentamos y sentimos; a cuanto medimos y observamos. ¿Cómo los crea? De dos formas:

-El tiempo se crea mediante la creación de relojes. 

-El espacio se crea mediante la creación de reglas de medir.

Por consiguiente, sólo podemos usar las nociones de espacio-tiempo donde podemos aplicar relojes y reglas de medir. Y somos nosotros, y nadie más que nosotros, quienes definimos a conveniencia qué es un reloj y una regla de medida ¡Y qué nos dan ambos instrumentos! 

Entonces, una vez establecido todo eso, dibujamos sobre las olas del océano del devenir nuestro mundo objetivo de hechos físicos, gracias al cual se despierta en nosotros la inmensa ilusión de comprender qué es cuanto vivimos y qué sucede realmente ¡Y sin embargo nuestra mirada nunca deja de verse reflejada sobre esa superficie aterciopelada de olas insondables que se devoran y surfean constantemente a sí mismas!  

En efecto, históricamente se puede demostrar como la objetividad aparece con el desarrollo técnico-conceptual del espacio-tiempo, puesto que con ello se vuelve posible concebir y pensar "que hay cosas que suceden en un lugar en un momento dado". Es decir, ello nos permite pensar la realidad como un conjunto de hechos o sucesos que se dan ¡Incluso se nos permite pensar la vida y la existencia como un mundo, un universo un Kosmos!  

Pero ver la existencia como un conjunto de hechos o sucesos que se dan no es propiamente real, sino más bien interpretación: una forma conceptual de metabolizar lo experimentado y vivido. 

A fin de cuentas el cerebro, como órgano biológico,  a nuestro parecer no deja de ser un potente aparato que engulle, tritura, digiere y asimila a su modo todo cuanto vivimos ¡Todo cuanto nos afecta y nos altera! Y la visión de un mundo objetivo compuesto de hechos y sucesos es una de las formas más tardías y elaboradas que hemos desarrollado para asimilar y procesar nuestra constante interacción con cuanto nos afecta -que a su vez no es nada concreto, sino también un metabolizar o procesar.  

Por tanto, ver el mundo como un "conjunto de hechos objetivos" que acaso podemos desmenuzar dibujándolos mentalmente a través de hipotéticas entidades abstractas e imaginarias, construidas a partir de observaciones y medidas, y que se relacionarían de una determinada manera, no deja de ser una forma cognitiva de digerir y asimilar cuanto vivimos y experimentamos ¡Pero no es realidad! 

Al menos no es "realidad" en el sentido metafísico y tradicional, y que todo el mundo tiene de ordinario en mente. De hecho, esta "realidad fáctica y objetiva" no ha logrado triunfar hasta hace relativamente poco en la historia de la humanidad mediante el desarrollo del pensamiento moderno en occidente. 

Y cuando advertimos la ficción y mitología de nuestro mundo objetivo, el mundo pregonado por la modernidad (la ilustración), del mundo que nos muestran las ciencias por un lado y los medios de comunicación con sus noticias de sucesos, por el otro, nos quedamos de piedra, incrédulos y estupefactos ¡Se nos cae un gran mito al suelo! 

Ahora bien, ante semejante desengaño, ¿quien es capaz de volver a subirse al carro y echar de nuevo sus deseos e ilusiones a volar? ¿A quién le queda aún aliento para preguntarse?:

 ¿Cómo podemos ver y sentir la vida? 

¿Cómo percibir y digerir este perpetuo fluir de contrastes y claroscuros? 

¿Acaso podremos darle nuevas formas nunca antes vistas? 

¿Y acaso vamos a ser capaces de darle a la vida una forma comprensible, bella y perfecta a nuestros ojos y así justificar que la deseamos para siempre? O nos quedaremos en ese pesimismo, contradictorio e irracional, que termina por reducir la vida al absurdo cuando parte de la idea de que simplemente "nacemos para morir", mientras apela al tenebroso "carpe diem". 

En verdad, ser capaces de construir una idea de la existencia bella y perfecta es una forma de justificar y desear la vida. Y durante siglos los sabios, que nunca han sido más que poetas, no supieron otra forma de amar la vida que poetizándola bajo la idea de Dios como creador y benefactor de la existencia. 

Pero ya no estamos enamorados de Dios, con lo cual ya no lo percibimos detrás de todo cuanto vemos, sentimos y vivimos ¡Sí, el amor nos hace soñar despiertos y alucinar! Y ver una película de leyes universales, propiedades y constantes, hechos objetivos y valores universales sobre cuanto experimentamos era, inequívocamente, un síntoma y un reflejo de ese viejo amor incondicional hacia Dios. 

Dios ha sido el objeto de deseo de la modernidad y la ilustración -Einstein fue de los pocos sabios del s.XX que lo entendió y admitió sin titubear. Pero el amor dura siempre lo que dura, hasta que pasa. Y hemos llegado nosotros, espíritus históricos y posmodernos fraguados en mil batallas de amor ¿Cómo no vamos a desconfiar radicalmente de todo cuanto nos cuentan y se ha contado históricamente? 

Nuestro curtido conocimiento histórico de las ideas humanas nos ha hecho escépticos integrales: en donde, por puro enamoramiento, se había visto un sentido, un significado, una verdad firme e irrefutable sobre la cual enarbolar la ciencia, hoy, sin más, sólo vemos ya comedia humana y mucha ilusión ¡Sólo vemos tontería y amor! 

En efecto, ¿quién puede ya negar que la historia de la ciencia occidental no ha sido una intrigante tragicomedia de amor -de un irrefrenable amor hacia Dios, termina en un profundo desengaño

Seguramente sea esta nuestra gran incógnita por revelar: después de tan gran desengaño, de tanto escepticismo cultural, de criticar y desconfiar de todo cuanto se ha llamado hasta ahora verdad y realidad objetiva, de comernos engaños, fracasos y decepciones a raudales, ¿acaso aún nos quedarán fuerzas para creernos las nuevas ilusiones que seamos capaces de imaginarnos? O, por el contrario, nos quedaremos atrapados en un patético y resentido -¡Todo es mentira y nada!- Como única verdad, paradójica y absurda.

En efecto, una gran duda planea sobre nuestros corazones: ¿seremos capaces de volvernos a enamorar? ¿Seguiremos de nuevo nuestras tonterías al dedillo? ¿O ya estamos demasiado viejos, cansados, desengañados, y nos sentimos ya sin muchas fuerzas para volvernos de nuevo locos y necios, temerarios y fuertes? A fin de cuentas, enamorarse siempre ha sido la virtud de los jóvenes -de los que aman la vida

Parece que necesitamos de otras ideas mucho más radicales y atrevidas, difíciles y singulares, que las forjadas por los sabios hasta ahora; ideas capaces de sortear, precisamente, nuestro agudo e histórico escepticismo hacia toda idea y poetización humana.

¿Qué tipo de idea, rara y exótica, será capaz de despertarnos de nuevo?