martes, 5 de julio de 2022

(El azar IX) Entropía, información y percepción (la ley de Weber)

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Confieso mi fascinación por cuanto voy a exponer a continuación desde los 15-16 años, cuando en físicayquímica me puse a estudiar los 4 principios de la termodinámica


No me escondo: tengo un prejuicio muy apegado - que la termodinámica lo regula todo.  

Eh aquí mi apriori, mi "logos" heraclitiano, mi verdad: ver lo que nos es siempre común -la existencia- como puro devenir, transformación, fluctuar; como un eterno procesar, interpretar y metabolizar ¡Y absolutamente nada más! Con motivo me fascinan los griegos y su "peri physeos".

No creo propiamente en las cosas, en los objetos, en las entidades, los hechos y los elementos ¡No me voy a flipar preguntándome de qué esta hecho el universo y cuáles son sus elementos constitutivos y esenciales! Pues tengo clarísimo que no hay tales cosas, sino devenir permanente. 

En este sentido la noción de nada, opuesta a la de cosa, tampoco me preocupa nada. Y claro, no le hago mucho caso a la vieja pregunta metafísica: ¿por qué hay algo en vez de nada? Pues nunca hay realmente algo. 



La "solidez", la "rigidez", la "permanencia", sensaciones harto primarias y rudimentarias sobre las cual hemos logrado imaginarnos un mundo de cosas fijas, estables, definibles y con entidad propia (idénticas a sí mismas con el tiempo), nos han permitido fantasear con la supuesta existencia de un mundo ontológico, formal, matemático y por tanto, lleno de objetos ¡Nos ha llevado a creer en un mundo metafísico! Y ciertamente este fantasear nos ha permitido adquirir un poder notable sobre la vida y, por tanto, el devenir. ¿Cómo negarlo?

El uso de mentiras y engaños, artificialidades y fantasías nos permite prosperar en la vida.  

En esto soy nietzscheano, sí muy nietzscheano; aunque confesarlo conlleve que se burlen de mí. Y si bien me parece injusto, tampoco me indigna ni molesta; también yo me burlo muchas veces de ello, pues no pocas veces también me place ser injusto.

Así pues, la no-verdad, la ficción, la fantasía para nada me molesta, siempre y cuando nos favorezca: nos abra puertas, posibilidades y nos proporcione un cierto dominio y soberanía sobre la vida... la muy salvaje.  

Uno siempre puede inventarse una idea nueva: la tomaremos por buena en la medida que nos sea fecunda y de su seno emerjan nuevas ideas y posibilidades que expandan nuestra comprensión. Y cuando tal fecundidad se agote y nos sepa ya caduca, entonces la cambiaremos por otra. 

Nuestro conocimiento muda sus verdades como los árboles sus hojas, y así se perpetua.

No, no me molesta tomarme las cosas de muchas formas distintas, puesto que las cosas ni son de una determinada manera, ni tan siquiera existen realmente. 

Panta rei. 

Ay, que poco idealista soy: nunca me fijo en las cosas, en los hechos por sí mismos, en los elementos propiamente dichos, sino en las tendencias, en los procesos, en los desarrollos y las dinámicas. Pienso siempre en 4 dimensiones, por así decirlo. ¡Cómo no me va a entusiasmar la termodinámica si trata al mundo precisamente como puro procesar!

Pero asumo que la mayoría de la población alardea de gozar de un encefalograma plano: sólo ven las cosas que tienen delante de las narices, aquí y ahora ¡Sólo ven en dos dimensiones! En otras palabras, la mayoría de la población simplemente es idealista y dogmática. ¿Vivo en un mundo paralelo?

En definitiva, más que contar lo que sé sobre la termodinámica y compañía plasmaré lo que voy aprendiendo, mis reflexiones, dudas y posibilidades. Hay gente que tiene estos temas mucho más por mano que yo, hecho que tiene sus ventajas y desventajas.


Termodinámica: un relato sobre los procesos

Lo que siempre me ha fascinado de la termodinámica es que estudia procesos sin preocuparle si estos están hechos de átomos, moléculas, cosas, personas, eventos, estrellas, animales, objetos, espíritus, máquinas, o lo que sea ¡Se limita a estudiar evoluciones! Por tanto se trata de "la" teoría universal: se puede aplicar a cualquier tipo de proceso independientemente de la naturaleza bajo la cual se conciba. 

En este sentido se puede considerar como el ABC de cualquier conocimiento que se precie de científico. Y sinceramente, de conocimientos científicos en este sentido hay menos de los que me gustaría. Por ejemplo, la historia, la sociología, la economía aún no lo han logrado en gran medida; aún tienden a estudiarse como una recopilación de datos y hechos que se entrelazan mediante relaciones causalistas muy discutibles y arbitrarias -ideológicas o personales las más de las veces.

La termodinámica se fundamenta sobre una única noción básica: energía

¿Qué es la energía? 

De algún modo es el poder de transformación o fluctuación que muestra lo estudiado. A más energía, más poder de fluctuar, modificar, transformar, vibrar, devenir muestra cuanto estudiamos. 

Uno de los grandes logros de la física básica, pienso, ha consistido en desarrollar diferentes mecanismos para cuantificar este "poder de transformación". 

Con el tiempo ha surgido, precisamente, la idea de que existirían distintos tipos de energía según como se iban midiendo; ahí tenemos desde la energía interna, la energía térmica, la energía electromagnética, la energía nuclear, etc... 

 De hecho, cuando los físicos afirman buscar los supuestos compuestos que conformarían el universo lo que buscan, si nos fijamos y prestamos atención, son mecanismos para medir cierta forma de energía: un tipo de transformación o fluxión ¡Y la cosifican! 

Así, por ejemplo, la idea de electrón representa para el físico "algo" con energía, cuando más bien expresa una forma de medir cierta potencia de transformación y poco más; lo que ocurre es que nuestra mente siempre tiende a imaginarse cosas e hipostasiar ¡Si, nuestra imaginación tiene sus vicios! 


La entropía

Una vez se definió la energía como la capacidad o el poder de transformación y evolución, la siguiente pregunta a realizar se presentó por sí sola: ¿Y qué trayectoria evolutiva adquirirá la energía? ¿Si la energía es transformación y cambio, hacia qué se transforma, hacia donde tiende, hacia donde se dirige el flujo? 

Fueron los ingenieros, así Carnot o Clausius por ejemplo, al estudiar las máquinas de vapor durante la revolución industrial, los primeros en abordar el dilema de: "hacia donde evoluciona una cantidad de movimiento", "hacia donde va a discurrir un flujo", y, "hasta qué punto podemos controlar esta evolución".  

Estos ingenieros se dieron cuenta de que jamás lograban máquinas capaces de generar trabajos con un 100% de rendimiento.  Es decir, que les resultaba imposible forzar un flujo de energía para que discurriera completamente hacia un objetivo concreto. 

Clausius directamente afirmó: es imposible que una máquina cualquiera emplee toda la energía recibida para hacer un trabajo concreto, pues siempre habrá energía que se "perderá" en el entorno, calentándolo ¡Todas las máquinas disipan energía!

Esta energía disipada, esta capacidad de transformación que "se nos escapa" descontrolada y que lleva a que lo estudiado nunca termine de evolucionar exactamente hacia donde nosotros queramos, se la llamó "entropía". Y los ingenieros la juzgaron como ingenieros: como energía inútil para el sistema ¡Simplemente porque para ellos era inútil por incontrolable!

Nada en la física me ha chirriado y contrariado nunca más que este juicio utilitarista e interesado que le adjudicaron los ingenieros a la entropía: que a ellos algo les parezca inútil no quiere decir que lo sea para el universo ¡Como si el mundo tuviera que plegarse a nuestros intereses y deseos, valoraciones y juicios por nuestra cara bonita!

Sin embargo, poco a poco la noción de entropía nos ha ido mostrando como el universo se nos muestra profundo, muy profundo; mucho más de lo que jamás hubiéramos podido imaginarnos.


¿Qué medimos cuando apelamos a la entropía?

A partir de los trabajos de Boltzmann la noción de entropía mudó: se cayó la idea de que todo proceso desgastaba la energía y que precisamente eso era la entropía: energía inútil. 

Boltzmann redefinió la entropía de la siguiente manera: dada una energía o capacidad de transformación  que conocemos midiendo la temperatura, el volumen, la presión, etc.  podemos pensar que está constituida por "energías más pequeñas", es decir, por una multiplicidad de procesos menores que se pueden distribuir de muchas formas diferentes. Ahora bien, todas estas múltiples distribuciones diferentes son indistingibles entre sí, es decir, resultan equiprobables.  Da lo mismo aquello que estudiemos tenga, en el fondo, una distribución concreta u otra ¡No le afecta para nada! 

Entonces, la distribución de los subprocesos que constituye un proceso a estudiar puede ser harto variada y distinta; y sería una característica fundamental propia de la energía. Boltzmann, pues, también muda la noción de energía, volviéndola más compleja.

De alguna  manera es como si con Boltzmann la energía medible no fuera ya una sustancia bien definida y fija, plana y bien determinada, una simple etiqueta quiero decir, sino una variopinta distribución de microprocesos posibles y todos ellos equivalentes entre sí ¡Por indistingibles para el propio sistema! De modo que no importa cual de ellos constituye realmente al proceso a estudiar. Simplemente se destaca que el proceso los percibe, a todos ellos, como idénticos y por tanto, equiprobables. Y como veremos, ello me parece fundamental al abrir de par en par las puestas al azar.

Con lo dicho, la entropía de un proceso a estudiar pasa a definirse como la distribución de microprocesos indistingibles que admite tal proceso. Cuanto mayor sea el número de microprocesos  admisibles indistingibles, y por ello equiprobables, mayor será la entropía del proceso. 

Véase como aquí ya no se habla de energía inútil y cosas dogmáticas por el estilo, sino que  se "habla" de la cantidad de microprocesos admisibles, por indistingibles para el propio proceso a estudiar. 



Indudablemente esta idea afecta directamente al tipo de evoluciones que manifestará el proceso, puesto que nos lleva de lleno a la teoría del caos. Pero dejemos esto por el momento.  

De la teoría de la información

Claude Shannon, a mediados del s.XX, desarrolló la teoría matemática de la comunicación al estudiar los procesos de transmisión de datos. Partió de un esquema comunicativo simple tipo:

Emisor, mensaje, transmisor, canal, señal, fuente de ruido, receptor, destino.



Una persona (emisor)  dice algo (mensaje) por su móvil (transmisor), que está conectado a internet mediante wifi (canal). El móvil convierte lo que dice esa persona en impulsos eléctricos (señal), que pasan por el wifi hasta otro móvil (receptor), que los traduce de nuevo a palabras para que lo escuche otra persona (destino).

Shannon, ingeniero de telecomunicaciones, intentaba controlar las fuentes de ruido de las comunicaciones. 

¿Qué son las fuentes de ruido? Cuando un emisor lanza un mensaje y este es transformado en una señal por un transmisor para que pueda desplazarse mediante un canal y que un receptor pueda descifrar y recomponer el mensaje original, entonces siempre se produce ruido: fallos, pérdidas y errores de comunicación. Desde pequeños todos hemos jugado al teléfono y sabemos lo que ocurre ¡Eso se debe al ruido en las transmisiones!

Shannon, como ingeniero, tenía claro que para controlar el ruido en una transmisión tenía que poder medir y controlar, antes de nada, el mensaje. Y para poder medir un mensaje tenía que crear una unidad. Al trabajar con máquinas de comunicación lo más fácil era tomar el bit, o unidad booleana, como unidad de medida. Pues desde el telégrafo, a mediados del s.XIX, se sabía que todo mensaje se podría transcribir mediante el algebra de Boole. Y en efecto, hoy ya transmitimos cualquier mensaje, sea voz, visual, lectura, etc empleando sólo 0 y 1; pues mediante 0 y 1 podemos interactuar sin problemas con  los transistores de nuestras máquinas eléctricas de comunicación (ordenadores, móviles, etc).  



La idea fue, pues, que cualquier mensaje se puede medir mediante bits. Y a la medida de un mensaje se le llama "información". Cuantos más bits mida un mensaje más pesará, es decir, mayor será su tamaño ¡Contendrá más información!

Definido esto Shannon se dio cuenta de que todo mensaje contiene dos tipos de información:

-Una información inteligente formada por patrones, repeticiones, similitudes o simetrías. Es una información, por tanto, fácil de ser resumida, comprimida y simplificada. La llamó información redundante.

-Una información aleatoria, sin repeticiones, ni patrones, con lo cual resulta ser incomprensible, irreducible e insimplificable. La llamó ruido.

Se dio cuenta de que cualquier mensaje humano contiene ambos tipos de información y, además, que se pueden medir. Gracias a ello se volvía posible detectar las fuentes de ruido que van apareciendo en una transmisión de comunicación, dificultando la comprensión de los mensajes, y valorar hasta qué punto es posible eliminar semejante ruido.

Pero además, este trabajo permitió entender que todo mensaje con cierta inteligencia para nosotros siempre puede disminuir su información ¡Siempre es posible reducir el peso de un mensaje que contenga mucha información inteligente! De esta idea han surgido todos los programas de compresión de datos.

Shannon, junto con otros matemáticos, al final lograron alcanzar una forma, no sólo para medir la información de un mensaje, sino para medir hasta qué punto es comprimible un mensaje hasta dejarlo como puro ruido. Esta medida de la compresión de un mensaje es, precisamente, la entropía de un mensaje.

Así, pues, a mayor entropía y por tanto información aleatoria, que tenga un mensaje indica que mayor es su ruido. ¿Qué significa eso? Que mayor son el número de configuraciones de bits equivalentes que puede adquirir. Por ejemplo un mensaje que sea sólo un {0} (un bit en estado definido 0) casi no tiene ruido, al ser carecer de muy poca información ¡Sólo tiene un bit! Si al cero le añadimos un 1 y obtenemos un mensaje tipo {01} , entonces aumenta su información, su ruido y su entropía, que pasa a ser 2 bit. 

Otro ejemplo:

si tenemos un mensaje a={01010101010101010101} y un mensaje b={11101011000011111000} de 20 bits cada uno, en un principio, vemos que el mensaje a es fácilmente comprimible (repite 10 veces {01}) al seguir un patrón muy evidente, mientras el mensaje b no lo es. De modo que la entropía del mensaje a será menor que la del mensaje b. Es decir, en una transmisión se requiere de más computación para adivinar el mensaje b que el mensaje a.

Tenemos, por tanto, que la entropía mide el ruido, la información irreducible, lo complicado de descifrar un mensaje porque son muchas las posibilidades que admite. Es decir, cuantos más estados equivalentes o indistingibles admita un mensaje, o proceso, más difícil será descifrarlo, al presentar más ambigüedades; y cuanto más difícil es descifrar un mensaje más fácil es que no lo logremos y terminemos obteniendo una transmisión caótica e impredecible.

Y todo lo contrario, cuando un mensaje presenta muchas redundancias, muchos patrones repetidos y por tanto fáciles de deducir unos a partir de otros, entonces el mensaje admite muy pocas posibilidades ¡Es un mensaje muy concreto y preciso! Con lo cual se puede comprimir y reducir a muy poco información, De modo que resulta más fácil  que el destinatario obtenga una transmisión clara, determinada y exacta.  


Complejidad

Tratando estos temas aparece de forma natural una nueva noción: la de complejidad

De ordinario se define como complejo aquello que presenta un elevado números de partes, elementos, unidades las cuales, sin embargo, se encuentran interrelacionadas de alguna forma comprensible. 

En tal sentido, lo complejo es aquello que si bien a simple vista puede parece complicado, embrollado y aleatorio es posible comprimirlo de algún modo. En otras palabras, aparece la complejidad en un mensaje cuando existe un algoritmo capaz de comprimirlo; y cuanto más lo comprima mayor será la complejidad manifiesta por el mensaje. 

Por tanto, cualquier mensaje cuya entropía sea menor que su información es un mensaje susceptible de mostrar cierto grado de complejidad y por tanto, de ser reducido y comprimido. 

En efecto, podríamos definir la complejidad como la cantidad de información redundante de un proceso, mientras que la complicación sería su cantidad de ruido.

Hablar de ello me ha recordado lo ya escrito sobre Chaitín y su número, y con él la definición matemática de aleatoriedad:

"En matemáticas, la teoría de la probabilidad o de la estadística estudia la aleatoriedad o el azar que es un fenómeno que ocurre cuando existe una serie numérica que no puede obtenerse mediante un algoritmo más corto que la serie misma." Del wikipedia. 

Se entiende, pues, que en matemáticas se define el azar, precisamente, como una mensaje para el cual no existe manera alguna (ningún algoritmo, instrucción u operación) capaz de comprimirlo ni una sola pizca; con lo cual estamos ante puro ruido: una información  100% complicada de adivinar, con lo cual ahí es preciso "calcular" cada bit del mensaje para conocerlo, dado que resulta imposible deducirlo a partir de los anteriores por su ambigüedad.

Vale recordar, llegados hasta aquí, que esto nos lleva directos, entre otras cosas, a los números irracionales, como raíz de 2 o Pi. Son números cuyas cifras se suponen aleatorias con lo cual su aparición sería 100% complicada de hallar ¡Sería puro ruido! Hecho que da qué pensar.



Con la entropía el sueño racionalista se desvanece. 

En el post anterior, sobre el Timeo de Platón, vimos como según el griego el mundo partía de una disposición pasiva y receptiva, es decir, de un grado extremo de entropía e información para ir generando formas vivas a partir de la fecundación del demiurgo 

¡El demiurgo se muestra como una maquina de reducir entropía empleando un algoritmo divino (las formas ideales)!

Este proceso de fecundación terminaba, dice Platón, con la creación completa del universo como un ser animado perfecto y bello, eterno y bueno. En otras palabras, el demiurgo es capaz de reducir el ruido inicial a cero y con ello, mostrar un mundo completamente coherente, lleno de significado y por tanto, de una complejidad extrema. 

También Leibniz trató a fondo esta cuestión: ¿acaso el mundo posee una complejidad infinita gracias a la acción divina, paradigma de todos los algoritmos posibles?  Sin embargo a nosotros esta complejidad infinita siempre se nos aparecerá sumamente complicada; como puro ruido. Spinoza defendió algo parejo, y Einstein también cuando confesó buscar una ecuación definitiva de una pulgada capaz de explicarlo todo. 

Sin embargo, con el tiempo hemos descubierto que la información que nos resulta una poco explicativa y significativa siempre mostrará un límite de comprensión y por consiguiente, también lo manifestará su complejidad. Es  decir, que resulta imposible eliminar  por completo cierto grado de ruido en una información. 

Visto así, la teoría de la información me parece otra forma de demostrar lo mismo que demuestran los teoremas de incompletitud de Gödel: que dado un lenguaje suficientemente explicativo resulta imposible hallar todas sus verdades de forma deductiva. 

En definitiva, Kant tenía mucha razón al criticar la razón pura, aunque su ciencia transcendental fuera un despropósito filosófico sideral. Pues resulta imposible deducir toda las verdades del mundo a partir de una verdad simple y fundamental. De modo que para desarrollar la ciencia, el poder de la deducción termina siendo muy limitado, con lo cual nos resulta imprescindible especular. ¿Especular? Sí, tirar de lo que Kant llamó "juicios sintéticos a priori", y gracias a los cuales podemos elaborar "verdades emergentes" -indeducibles directamente de sus axiomas pero permitidas por éstos

La ley de Weber

Hace ya un tiempo expliqué, muy por encima como siempre hago, en qué consistía esta ley; una ley psicofísica estipulada a principios del s.XIX. 



También comenté su importancia en un montón de ámbitos, dado que habla sobre la percepción y en concreto, sobre los umbrales de percepción, los cuales regulan nuestra configuración de la realidad y por tanto, afectan directamente a nuestra toma de decisiones, nuestro comportamiento, incluso nuestros valores ¡De cómo nos valoramos a nosotros mismos dentro de un sistema!

Sin embargo, esta ley psicofísica no sólo actúa sobre las personas, sino también sobre la naturaleza. De algún modo pone de manifiesto que los sistemas físicos "perciben" la realidad, su entorno; y según como lo perciban se comportan de una forma u otra ¡Incluso adquieren unos valores u otros! 

Es cierto que la física clásica, la que defendía Einstein fruto de la teología y la metafísica moderna, consideraba que el mundo material se comportaba de forma determinada, exacta y sin ambigüedades al seguir una leyes precisas, necesarias y universales ¡Cómo un reloj suizo! 

De algún modo se creía que todo sistema físico poseía unas propiedades innatas, propias, objetivas, y como tales no dependían de como los demás sistemas lo percibían, sino de ellos mismos. Y se defendía que era sobre tales propiedades objetivas que los sistemas actuaban y se comportaban de una forma determinada u otra con los demás sistemas, mostrando unos valores u otros. 

Es cierto que con el advenimiento de la mecánica cuántica, a raíz del principio de incertidumbre de Heisenberg, y el cual lo podemos interpretar como un umbral de percepción, esta idea metafísica se rompió; al menos para el mundo microscópico. 

Pero pienso que con lo que nos muestra la ley de weber esa vieja idea metafísica se puede romper también para el mundo macro. ¿Por qué? Porque los sistemas físicos no tienen valores objetivos. Por ejemplo, por sí misma una piedra no pesa 10 kg. Estipular el peso de una piedra es fruto de poner la piedra en cierto equilibrio con un peso de referencia. Y para poner dos "cosas" en equilibro es necesario buscar una manera en la que ambas se perciban como iguales. Hecho que para nada demuestra que sean iguales, sólo que se perciben como tales.

Esta cuestión ya la menciona Poincaré a vuelapluma en su "ciencia e hipótesis". Nos muestra como al intentar interpretar el mundo físico como un conjunto de medidas, y por tanto valores, siempre ocurre lo siguiente: que el principio de transitividad se rompe en algún momento crítico. Y esta violación lógica se interpretó como "error experimental", hecho que nos llevó a una carrera loca para mejorar continuamente nuestros instrumentos de medida. 

Veamos brevemente esta violación lógica en las medidas:

Dado un sistema de medida, el cual en esencia consiste en crear un mecanismo que busca encontrar un punto de equilibrio (una igualdad) entre dos cosas, y numerar a través de una escala arbitraria este punto de equilibrio, siempre hallaremos 3 cosas, acaso llamadas A,B,C que rompen el principio de transitividad tal que así:

A = B

B = C

C < A

Al chocar con este absurdo siempre se ha dicho: -Es que hemos alcanzado el límite en la precisión del instrumento, con lo cual éste falla-. Pero, ¿es esto realmente un fallo y un error de medición? 

Bueno, si pensamos de forma dogmática y aún creemos que las cosas poseen cualidades ocultas,  objetivas e innatas, las cuales se pueden revelar mediante "la magia" de nuestros instrumentos de medida, pues será un error y un fallo, claramente. Pero hay otra forma de interpretarlo. Una forma mucho más mundana.

Por un lado podemos pensar que A y B se perciben como iguales dentro del sistema de medida diseñado. Que B y C también se perciben como iguales. Y sin embargo que A y C no se perciben como iguales, sino que dentro de tal sistema de medida concreto uno se percibe mayor que el otro, generando un claro desequilibrio. 

Así pues, tenemos que B admite A y C como equipotentes y por tanto indistingibles ¡Aunque A y C se perciban entre sí como diferentes y discernibles! Y sí, lo podemos obviar como se lleva siglos obviándolo, pero la naturaleza parece siempre jugar con esta ambivalencia perceptiva que a simple vista nos parece loca e irracional. 

En este sentido me da por imaginarme, y lo cuento de manera informal, que la entropía de B, su ruido característico según el instrumento de medida empleado, de algún modo puede entenderse como la capacidad de B de admitir sin problemas A,C, dado que los percibe iguales, es decir, equipotentes.   

Sin embargo, cabe recordarlo de nuevo porqué aún se enseña así en las facultades de ingeniería: que esta violación lógica durante siglo nos llevó  a esperar poder ir mejorando nuestros instrumentos de medida, reduciendo cada vez más el ruido en las mediciones, hasta sacar a relucir "el verdadero" valor innato de las propiedades medibles. 

Sin embargo, con el principio de incertidumbre de Heisenberg se hace ya patente que no; pues sí existe un límite en la capacidad de reducir el ruido en las mediciones. Y que pensar "las cosas" como que poseen propiedades ocultas y objetivas, innatas y metafísicas, pues no deja de ser más que un recuerdo de nuestra superstición metafísica más antigua, sobre la cual nacieron y crecieron nuestras ciencias modernas. 

En fin, una vez más chocamos con la misma idea de nuevo: el ruido aparece siempre en todo proceso y siempre existe un límite a partir del cual es imposible eliminarlo ya más: la entropía; que define la cantidad de microprocesos que admite lo estudiado porque los percibe como indistinguibles, equipotentes, iguales. Y para descifrar cuál es el microproceso que rige lo estudiado hay que operar. 

¿Y qué significa operar? 

Siempre me ha parecido curioso que Kant defendiera que la operación, el cómputo, la resolución fuera un juicio sintético a priori, es decir, fuera una actividad emergente. Es decir que el resultado de un cómputo nos dice siempre más que las partes que operan ¡O nos dice algo distinto de las partes! 


De la compresión (deducción) al ruido (azar)

Venimos de una tradición idealista milenaria que veneraba la razón pura, es decir, la idea que a través de una primera verdad fundamental se podían deshilar sin problemas todas las verdades posibles y mostrarlas tal cual eran para goce de nuestra inteligencia más prístina e inmaculada. 

Después de mucha lucha, fracasos y tentaciones hemos descubierto, aunque ya algunos como Kant, Schopenhauer o Nietzsche nos lo avisaron bajo distintas persuasiones, que este ideal racionalista no es viable ¡Nos lleva a un callejón sin salida! Con lo cual ya no podemos ver la vida como una máquina perfecta y buena, omnisciente y eterna. ¿Significa eso que la vida es una mierda, un juguete roto y desechable destinado a criar malvas?

No, no somos pesimistas. 

De repente apreciamos como la muy salvaje ignora muchas cosas de sí misma, hecho que la pinta de un halo encantador, exótico e insondable, mientras nos la viste de bailarina.

Sí, poco a poco comenzamos a entender cómo del determinismo deductivo y racionalista más duro se pasa a una visión aleatoria, intuitiva y emergente de la vida. "Una pizca de razón siempre es posible, pero el mundo prefiere bailar sobre los dedos del azar" Nos susurra Zarathustra, y ya comenzamos a entenderlo.

Sin embargo, aún son muchos quienes de un modo u otro añoran el viejo sueño idealista y como burros  persisten en adentrarse en lo inviable. Miradlos como suspiran con hallar la fórmula definitiva que les explique la vida  hasta el detalle. Pobrecillos, necesitan de un manual para bailar con ella ¡Es de risa verlos tropezar después de tres pasos! Y encima los cabezotas le recriminan des del suelo: -no tenías que haber hecho eso- Pero ella sigue bailando. 












 









 


   




 




 





 




  



 








 


miércoles, 29 de junio de 2022

Platón: materia, información, entropía y azar -el origen de la vida.

 Platón (s.V-IV ac) fue el primer pensador griego mixto. Si el pensamiento de los griegos anteriores parecía estar construido de una sola pieza Platón construyó el suyo "robando" trozos de los anteriores. 

Dejemos de lado que Platón nunca dejó de ser un poeta, el último gran escritor de tragedias y como tal un divulgador nato, y por un instante fijémonos cómo en su pensamiento vislumbramos el de muchos otros sabios griegos que le precedieron: se apropió de las ideas más importantes del Hélade, incluso de Egipto, y con ellas entre manos intentó configurar una nueva visión de la vida que ha nutrido de raíz occidente -Incluso dudo de que la teoría de las ideas fuera estrictamente suya.  

Lo que delata la grandeza de ánimo de Platón, pienso, radica precisamente en el hecho que escogió una postura completamente distinta a la que terminaron abrazando los nihilistas demócratas, con Gorgias y Protágoras en cabeza -y de quienes aprendió también bastantes cosas

Ante la riqueza de ideas, dispares y muchas veces contradictorias, que concurrieron en la Atenas de Perícles una de las consecuencias que tal vorágine espiritual desencadenó fue la de pensar que cada "loco tenía su idea del mundo". Con motivo, se empezó a imponer la siguiente convicción: 

"La verdad no existe, si existiera no la podríamos conocer y si la pudiéramos conocer no la podríamos comunicar a los demás". 

Es una reacción nihilista, por cierto, muy frecuente entre las gentes que se adentran en la filosofía con cierta precipitación; y no hay duda de que el pensamiento griego discurrió muy rápido: todo sucedió en un par de siglos.

En efecto, pues, la riqueza y libertad de opciones intelectuales que inundó esa gran metrópolis de la antigüedad conllevó la desconfianza y la indecisión; y éstas llevaron a esos demócratas griegos al escepticismo más radical, según el cual nadie tiene nunca razón, de modo que lo inteligente es dedicarse a la persuasión y con ella, intentar convencer a los demás de lo que a uno le convenga más.  

Fue el ingenio de Sócrates el que permitió que el ánimo de Platón se abriera como un tesoro cuando la famosa llave socrática giró dentro el corazón del joven discípulo: 

"Sólo sé que no sé nada". 

Con semejantes palabras, de brevedad y profundidad por igual, explotó en la mente de Platón un nuevo deseo: la pasión por conocer, dado que se ignora; pero a la vez, al saber que se ignora, se descubre como esa máxima nihilista y democrática que dicta, "la verdad no existe", no es posible. 

Saber que no se sabe ya es una primera verdad

Con Sócrates Platón se convence sin más argumentos de que "la verdad existe", dado que lo contrario no puede ser ¡Resulta absurdo y paradójico y por tanto imposible! La cuestión ahora es: ¿Y qué es la verdad? 

Y aquí fue cuando Platón recordó a sus predecesores y pensó: todo cuanto han dicho esos grades sabios antes de mí, de algún modo, de alguna manera, debe de reflejar la verdad. Hesíodo, Tales, Heráclito, los siete sabios griegos, Pitágoras, Anaximandro, Parménides, Anaxágoras, Empedócles, Solón, Protágoras, y tantos otros varones insignes, si bien estaban lejos de conocer la verdad de pleno y precisamente, por ello, ahí sus disputas y contradicciones, todos ellos tenían que haberla acariciado.

-¿Qué es lo que es común a todos los sabios griegos?- Se pregunta el joven escritor de tragedias -Fácil- Piensa -Todos ellos hablan siempre sobre la physei: sobre lo que nace, crece, se va transformando y muere dejando paso a otros nacimientos o apariciones, crecimientos y desarrollos. *Con motivo los romanos tradujeron "physei" por "natura": lo que nace.

Platón, confiesa en el Timeo, que respecto a la physei todos los sabios habían hecho frente a las mismas dudas, incertidumbres y obsesiones: 

-¿Por qué cuanto vivimos es transformación incesante? 

-¿Cómo una cosa puede surgir de su contraria: de la oscuridad aparece luz, de lo frío el calor,  de la nada nace algo, de la tierra plantas y animales, etc? 

-¿O cómo algo con ciertas características puede transformarse en algo con características distintas: cómo el pan pasa a ser sangre y piel de mi cuerpo?

Y la solución que encontraron los antiguos, a grosso modo, fue la noción de arkhé: la physei se produce a través de "algo" que no es ninguna transformación, algo innato porqué no nace, sino que resulta ser constante, eterno, único y común para todas las cosas que aparecen y desaparecen.

Para esos sabios griegos "la verdad", en seguida, pasó a ser: lo que es común a todo.

Para Tales este algo común que ni nace ni muere era visible a simple vista para cualquiera: -el agua- Dijo.

Fue Anaximandro, su discípulo, quien le recriminó que el arhké no podía ser algo palpable, perceptible, dado que todo cuanto experimentamos corporalmente siempre aparece y desaparece ¡Y el agua no es menos! 

Fue Anaximandro quien se atrevió a postular algo inaudito hasta la fecha: al ser el arkjé algo innato y por ello no-físico, entonces debe de ser impalpable, inexperimentable e incognoscible, dado que ni aparece ni desaparece ante nuestros sentidos, pero hace posible la multiplicidad y variabilidad de cuanto percibimos. 

Anaximandro llamó a su arkhé "Apeiron". Es decir, lo indefinible. Pero curiosamente lo definió como la mezcla confusa e inconcebible de todas las propiedades perceptibles: una mezcla de luz/oscuridad, frío/calor, masculino/femenino, de todos los colores y las formas posibles (puntos, líneas, triángulos, cuadrados, esferas, todo ahí mezclado como un potaje indescriptible). De esta mezcla, caótica e inimaginable, surgían precisamente la luz y la oscuridad, el frío y el calor, las formas y colores, etc como elementos distintos que se separaban de sus opuestos ¡Y sólo se volvían a mezclar en el apeiron cuando ambos opuestos se reencontraban!

Y llegó Parménides de Elea poniendo al descubierto dos aspectos importantes de lo físico:

a: una transformación, "lo que aparece y desaparece", en realidad jamás se podrá conocer cómo exactamente es, puesto que nunca es propiamente nada sino pura contradicción ¡Es un ser y noser constante! Por tanto, todo conocimiento físico será siempre aparente, artificioso e hipotético ¡Ahí no habrá jamás verdad alguna! De hecho, Parménides se aventura a pronosticar que cualquier teoría física siempre terminará chocando con contradicciones internas y por tanto, se verá rodeada por el halo de lo inefable por la naturaleza paradójica de la physei.

b:  La verdad sólo puede ser aquello que es común a todo. Lo que es común a todo ni nace ni muere, por tanto siempre es, de modo que resulta ser eterno, perfecto y feliz. Y siempre es porque sólo depende de sí mismo: él mismo es su propio origen y fin; jamás precisa de condiciones ni circunstancias que le sean ajenas ¡Nada lo limita ni condiciona ni altera ni conforma excepto sí mismo! De esta idea tautológica el eleata sacó su definición de infinito que seguramente influyó directamente a Spinoza 2.000 años después.  

Fueron muchos quienes se levantaron contra la brutal abstracción deductiva planteada por Parménides, o al menos contra su discípulo Zenón y sus famosas paradojas con las que pretendía demostrar lo absurdo de pretender explicar nada firme y definitivo sobre lo físico; es decir, sobre el movimiento, el cambio, la multiplicidad y la transformación. Ahí tenemos precisamente a los atomistas con Leucipo, Demócrito o Epicuro en cabeza. 

Hay cosas muy curiosas de los atomistas; por ejemplo: fueron los únicos a quienes Platón no mencionó para nada en sus obras ¡Silencio absoluto!  De hecho, por los rumores y chismes que nos han llegado parece ser que hubo una "repulsa" mutua entre atomistas y Platón: mientras Platón, furioso y desquiciado, quiso quemar los libros de Demócrito por la sarta de mentiras que decía que contenían, Epicuro se burlaba llamándole payaso de los ricos y poderosos. 

Sí, el atomismo fue el gran punto flaco de Platón; le sacó de sus casillas. Percibió con horror como ese planteamiento estrictamente geométrico, pues el atomismo es una solución geométrica a los dilemas de Zenón como ya esbocé aquí, atacaba de lleno el corazón de sus creencias y convicciones más profundas sobre la vida. 

Ciertamente, cuando atacan aquello que consideramos fundamental para nuestra vida es fácil y habitual que nuestro cerebro de reptil nos ponga de inmediato violentos, fanáticos y en modo supervivencia total. ¿Quién es capaz de aceptar alegre y bobamente aquello que percibe como un tóxico perjudicial, dañino y destructor sobre lo que cree que es la vida? 

Pero, y ¿por qué Platón percibió el atomismo como un peligro flagrante contra la vida?
 

Vayamos a mirar con algo más de detalle la visión atomista de la vida: 

Tenemos infinitos puntos indivisibles (átomos) y por tanto adimensionales pululando en medio de "nada". De hecho,  al entender de los atomistas "la nada" casi que podría concebirse como estos mismo infinitos puntos indivisibles como sucede, de algún modo, con el monstruo de Cantor -ya se comentó aquí.

Ahora bien, cabe añadir que para los atomistas no todos los "puntos" son exactamente iguales entre sí, sino que habría muchos -por no decir infinitos- tipos de átomos distintos entre sí; y de cada tipo una infinidad de ellos. Demócrito precisamente destaca que cabría concebir los distintos tipos de átomos como las distintas letras del alfabeto que según su configuración pueden formar palabras, frases y relatos... o bien, formarían puro ruido ilegible de letras. ¡Demócrito concibe la vida como una sopa de letras!


Así pues, las distintas configuraciones atómicas conforman procesos: ciertas estructuras fisiológicas en evolución permanente. Pero, y ¿cómo emergen de la nada atómica estos procesos fisiológicos? Por pura casualidad -Una mezcla de azar, tiempo y necesidad.

De algún modo lo físico, para los atomistas, es en esencia ruido blanco que por "casualidad" va generando procesos más o menos ordenados y con sentido. Aquí el término "casualidad" quizás sea un poco difícil de traducir, pero lo que sí es muy claro es que no habría ninguna voluntad cósmica que actuara inteligentemente sobre la nada de átomos para que unos procesos u otros emergieran de ese torbellino atómico original. Es decir, para los atomistas la aparición y desaparición de los procesos, de patrones y estructuras evolutivas, de organismos y configuraciones,  no es fruto de ninguna voluntad cósmica, sino del ciego, inexorable y salvaje aleteo atómico.  

Ver el ruido blanco

Se aprecia, pues, que por un lado los atomistas, como tantos otros griegos anteriores, afirmaban que el origen de todo es el caos informe, en este caso de átomos. Y luego, que de este ruido atómico por pura y ciega casualidad irían apareciendo procesos distinguibles bajo la luz de ciertos patrones, simetrías y regularidades, mostrando unas formas más o menos reconocibles, es decir, perceptibles, agradables y comprensibles.

No creo que Platón tuviera demasiados problemas con la primera parte del modelo atomista; en particular con la idea de que el origen del mundo físico fuera el desorden, el caos, la pura indefinición, lo mezclado, azaroso y caprichoso. A fin de cuentas, como veremos, él mismo también lo defiende en el Timeo y resulta una idea harto trillada entre los griegos; como, de hecho, ya hemos visto en Anaximandro ¡Por no decir de Hesíodo!

Platón de seguro que se desquició con la segunda parte del relato atomista: con la idea de que del puro azar, de la mezcla informe y confusa, completamente pasiva y meramente receptiva, pudieran nacer espontáneamente procesos ordenados, patrones, tendencias bien marcadas y potentes ¡Qué bajo la pura casualidad emergieran la formas vivas que conforman la naturaleza! 

¡A Platón le faltaba el elemento viril para que "fecundara" a ese caos, pasivo y receptivo, y con ello pudiera nacer el Universo físico con toda su bullicio de elementos, estructuras y procesos en constante devenir!   

Este elemento viril, fecundador y paradigma de la pura potencia que penetra con sumo cariño, pero decisión, lo pasivo y receptivo para generar la vida en una explosión de éxtasis, lo llamó "el Demiurgo"·. 

 


Comentarios sobre el Timeo de Platón

Es sabido que en el Timeo Platón expone el origen "más probable" del universo. Teniendo en cuenta que se trata de un canto y que Platón lo cuenta de forma muy superficial, como es superficial cualquier canción que se cante, resulta necesario meterle mucha interpretación. Platón explica muchas cosas sin aclarar nada. Hecho que lleva a un grado de ambigüedad importante. 

Primero de todo, quizás haya que entender que para Platón vivir es experimentar, percibir, distinguir ¡Un vivenciar!  En este sentido hay distintas formas de vivir, es decir, hay distintos tipos de experiencias: desde las más inciertas, borrosas, confusas, desagradables hasta las más claras, precisas, bellas y comprensibles; estas últimas las llama "ideas", o "visualizaciones mentales". 

Por tanto, para Platón la vida (el universo) es y no es de una forma determinada, dado que vivir no es más que un experimentar, un percibir, con lo cual según sea la naturaleza de este experimentar así se nos mostrará "la misteriosa": o como fugaz, absurda, caótica, incierta y sin sentido, injusta y dolorosa o bien como eterna, bella, justa, buena y dichosa, con un destino coherente marcado... Aunque lo normal es que los mortales vivamos la vida bajo una caprichosa mezcla de dolor y dicha. 

En efecto, precisamente en el Timeo Platón nos presenta las 3 disposiciones vivenciales posibles ante la vida y el universo, por así decirlo:

Como pura Nada: es la ausencia completa de percepción y experiencia alguna. Es la muerte, el mal, la ignoracia suma, la novida o el noser. -El Hades- Dice Platón mismo, recordando como allí las almas vagabundean fantasmagóricas e inconscientes para toda la eternidad: sordas, ciegas, mudas e incapaces de percibir nada. 



Además Platón parece decir, si atendemos los textos, que si bien la "nada" es ausencia completa de percepción, de experiencia posible, resulta más o menos razonable imaginarla como puro espacio ¡Como un recipiente! 

No ha dado ríos de tinta semejante traducción moderna ¡La nada como un recipiente donde meterle cosas!




Quizás aquí cabría entender la Nada, simplemente, como una disposición pasiva y receptiva de la vida; a fin de cuentas es una buena definición de espacio, zona, lugar.

Pero es que luego Platón mete en la canción otro concepto que también se ha traído las suyas: el de materia

¿Qué es la materia para Platón? Textos en mano no parece muy claro. Una forma de interpretarlo es considerar que la nada y la materia son lo mismo: una disposición pasiva y receptora

Sólo cuando las formas, a través del demiurgo, penetran esta disposición pasiva y receptiva la vida explota, como una excitación orgásmica cósmica, al generarse una bulliciosa multiplicidad de cuerpos o fenómenos: estructuras visibles en fluctuación y frenesí

Los primeros cuerpos en generarse son los triángulos platónicos, la base atómica caótica a partir de la cual emergerán,  luego y por acción del demiurgo, los famosos sólidos platónicos, es decir, los diferentes estados de la materia: el fuego (plasma), el agua (líquido), la tierra (sólido), el aire (gaseoso) y el éter (Platón no lo conocía pero sí lo pronosticó: un estado de la materia casi imperturbable, que ni gana ni pierde potencia, con una estructura sumamente ordenada y regular -hoy fantaseo con compararlo al condesado de Bose-Einstein).  



Apunto, aquí, que me sorprende mucho que de ordinario se hayan traducido estos sólidos platónicos como elementos físicos y no como estados o configuraciones de esta disposición pasiva y receptiva llamada materia, o nada, los cuales sólo reflejan un tipo de comportamiento u otro: líquido, sólido, gas, etc.  

En cualquier caso, y voy al grano, vemos que cuando el Demiurgo penetra la nada ésta explota de repente y adquiere cierta visibilidad, estructura y configuración ¡Cierto ethos -comportamiento característico

De buenas a primeras, dice Platón, esta visibilidad es sumamente caótica y confusa, puro ruido blanco de triángulos: todos los estados de la materia se muestran entremezclados y confundidos hasta la descomposición. Pero entonces el Demiurgo, con su potencia clarificadora, empieza a ordenar y distinguir los 5 estados de la materia y a relacionarlos entre sí de forma coherente, generando una potentísima estructura corpórea para que jamás se rompa haciendo colapsar la creación. 

Y trazada esta red corpuscular hasta abrazarlo todo, entonces el demiurgo va prosiguiendo con su fecundación: generando nuevas formas cada vez más complejas pero en completa harmonía con todo. Y así hasta que la vida adquiere su tercera y última disposición: la muy misteriosa se concibe como un mundo perfecto, justo, bello, claro y dichoso, regido por la pura inteligencia ¡La vida se muestra tal y como es! 


El caos original griego, la termodinámica y la teoría de la información

Dejando de lado las nociones y las metáforas explicativas sobre las cuales Platón expone su particular hipótesis cosmológica, queda medianamente claro que para los griegos fue bastante común pensar que el origen de todo es el ruido aleatorio, des del cual, ya fuera por pura casualidad o por la inteligencia cósmica, emerge toda forma de vida posible. Y esto, a mí, me tiene inquieto y fascinado, pues me lleva de lleno a nuestra termodinámica y a la teoría de la información de Shannon.  



Lo confieso, no puedo evitar entender como la Nada en Platón sería, visto con nuestros ojos actuales, un estado de máxima información y por consiguiente, de máxima entropía. Ahí no hay experiencia, percepción ni comprensión posible ¡La ignorancia y la incertidumbre son máximas! Es la muerte.

Luego estaría su opuesto: el kosmos noethos; un estado de pura comprensión y redundancia, de simetrías, identidades y repeticiones perfectas ¡De orden, belleza y significado! Se trata de una harmonía absoluta entre todo cuanto existe condensada de forma brillante en una única experiencia excepcional y sublime: la idea de Bien

El mundo de la ideas sería, pues, un estado de mínima información y máxima redundancia, por tanto, de mínima entropía. Todo es orden y tiene sentido por sí mismo: la vida se manifiesta pura, divina, eterna. 

Y luego está toda la infinidad de graduaciones entre el ruido blanco de la nada y la absoluta harmonía de la idea de Bien; es decir, ahí tenemos la physei ¡El mundo sensible!: una inacabable multiplicidad de distintas graduaciones de información, de entropía y comprensión. Ahí aparecen, desde luego, distintas formas de vida: desde las más inferiores, las más inertes y caóticas, a las superiores, bien estructuradas, regulares e inmortales... como lo divinos astros celestes con su eterno girar.   

Me fascina comprender como Platón, a fin de cuentas, definía "el bien" como toda forma de buena organización, de harmonía, y por ello, de baja entropía, de mínima información y máxima comprensión. mientras juzgaba la destrucción, la desorganización, el aumento de la entropía, la mezcla, la liberalidad o anarquía, la confusión y la aleatoriedad, el ruido en definitiva, como el mal, la muerte y la no comprensión. 

De aquí su lucha contra el igualitarismo democrático, por ejemplo, al destacar que es una forma de desorganización social, de introducir entropía o información a la sociedad, reduciendo su capacidad de comprensión. Es decir, al tratar lo distinto como igual lo que se genera es una distribución irregular, la cual manifiesta siempre un aumento de la entropía; y el aumento de la entropía reduce la capacidad del sistema de autoorganizarse y realizar trabajo sobre el entorno. Es decir, impide que el sistema se desarrolle y se expanda.   



¿Tenía razón Platón?

Hoy, recuerdo, somos ya unos cuantos que tenemos claro que la vida, que los organismos vivos, son precisamente procesos de baja entropía, de comprensión y redundancias, que se autoorganizan, creciendo y volviéndose más complejos. Visto así Platón, y los griegos en general, nos saben sumamente razonables. 


Pero el idealismo Platónico, esa sed de voluntad cósmica inteligente regulándolo todo, nos suena ya caduca. No es que todo se dé por pura casualidad, como esgrimían los atomistas, aunque hemos comprobado y constatado gracias a Boltzmann, que una disposición pasiva, receptiva, un pozo de entropía y aleatoriedad quiero decir, por puro azar sí puede generar espontáneamente una forma altamente organizada -aunque resulta rotunda e inimaginablemente improbable. Es que Platón parece ver sólo la superficie del fenómeno al que llamamos vida y los griegos physei.

Hoy gracias a trabajos como los de Prigogine, Schrodinger y otros tantos tenemos claro que, en principio, es común que un sistema desordenado y caótico se autoorganice absorbiendo baja entropía del exterior, es decir, alimentándose de un proceso más potente y ordenado ¡Todos los ecosistemas, los sistemas solares, las galaxias y las gigantescas estructuras galácticas lo hacen! Con ello el sistema se vuelve capaz de reducir su entropía interna, volviéndose más ordenado y complejo, creciendo y expandiéndose de algún modo -generando estructuras más potentes

Ahora bien, un organismo vivo y animado (un sistema físico) sólo podrá "interiorizar" esta potencia si es capaz de disipar entropía hacia el entorno, haciendo aumentar la entropía de este entorno de forma proporcional al grado de complejidad que va alcanzando. 

Vale reconocer que Platón no llegó hasta aquí ¡No pudo! Su idealismo se lo impidió. Pero nosotros ya no tenemos idealismos que nos cieguen y queremos adentrarnos más en la "verdad", en lo que nos es común a todos: la physei.

No hay que dejarse engañar aquí como siempre han hecho los metafísicos optimistas: toda forma de vida es un "imperium" que somete, destroza y degrada el entorno mientras se vuelve más complejo, más estable, más perfecto, más soberano y maduro ¡Mantiene baja su entropía interna!

Cada vez lo vemos más claro: una forma de vida cualquiera no es más que una profunda cadena trófica; una voluntad de poder para decirlo en términos nietzscheanos. Pero, ciertamente, vivimos aún en tiempos donde muchos siguen negando la vida, odiando la vida y no la aceptan, con lo cual luchan de una forma u otra contra ella, mientras se escudan en sus fantasías imaginarias a las que llaman con suma astucia "la vida". 

En fin, que se consuelan como puedan, pero poco nos engañan ya con sus persuasiones...  

 Del azar al orden

El pensamiento de Platón intentó solucionar un dilema que aún sigue vigente: ¿cómo, del ruido blanco, puede surgir cierto orden y, con él, el bullicio de la vida? 

Aquí Platón usó la teoría de la ideas proponiendo que estas actúan sobre la nada atómica como la luz del sol actúa sobre el barro de las orillas de los ríos para hacer florecer la vida, con toda su multiplicidad de formas, colores y olores. Es decir, Platón apeló a una voluntad cósmica para explicar el origen de la vida, de los procesos complejos y autoorganizados. Sin duda la teología lo aplaudió con entusiasmo durante milenios. 



No es nada fácil poder constatar cómo del barro aleatorio se puede engendrar formas de vida; cómo del más puro azar puede emerger un orden y una vitalidad ¡Cómo se pueden reducir la entropía y la información! Pero tal y como ya he dicho, a día de hoy y gracias a los trabajos de Prygogine, Schrodinger y tantos otros, tenemos ya bastante claro que siempre se puede reducir la entropía, generando un proceso de autoorganización, siempre y cuando ello haga aumentar proporcionalmente la entropía de su entorno.  

El último del cual tengo constancia que ha hecho trabajos interesantes al respecto es el físico Jeremy England. A nivel teórico demuestra que para un conjunto de partículas sometidas a un baño de calor constante (sistema abierto que se le administra energía de forma constante) la probabilidad de que éstas vayan manifestando patrones ordenados aumenta en la medida que precisamente aumenta el orden que las partículas van presentando. Así lo cuanta él mismo:

"si a un lodazal inerte se le proyectara luz de forma constante durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo (acaso algunos miles de millones de años) de ahí veríamos surgir de forma espontánea organismos vivos cada vez más complejos."

 


Cosmología antiplatónica: del optimismo existencial al pesimismo

En el Timeo Platón explica que si bien el universo, al ser un ser vivo, nació de la fecundación del Demiurgo sobre la materia inerte, afirma que no morirá jamás. Que su estructura es perfecta gracias a las dotes del Demiurgo, con lo cual el universo, siendo un ser animado, estructurado, comprensible, de baja entropía, jamás morirá. Sí, el universo para Platón es  un ser inmortal, perfecto, dichoso, único y bueno -el mejor de los mundos posibles.

A lo largo del s.XX hemos tendido a pensar todo lo contrario, precisamente al desarrollar la termodinámica. Para empezar, hemos constatado que los estados de menor entropía son mucho más inestables, singulares, raros y difíciles de alcanzar que los de mayor entropía, que suelen actuar como estados de un cierto equilibrio, o al menos de pausa -Si no se actúa sobre un sistema este se volverá por sí mismo mucho más salvaje, irregular, desarreglado, entrópico

Pero es que además, hemos constatado que la generación y el desarrollo de vida, de procesos, organizaciones y complejidad implica un aumento irremediable de la entropía del entorno. 

Bajo estos dos motivos se ha deducido de ello un incremento constante del desorden y la información general del universo. A raíz de tal deducción se postuló la famosa hipótesis de la muerte térmica del universo: que éste terminará, dentro de trillones de años, en un estado de máxima entropía mostrando un aspecto desolador: completamente vacío e inerte.  

Lawrence Krauss define esta situación de forma simple: estamos jodidos. La existencia está destinada a desaparecen, a convertirse en pura nada, es decir, en un pozo frío, inerte, pasivo, puramente receptivo: en un sumidero de energía inútil regido por la aleatoriedad más salvaje ¡Nada podría escapar jamás de allí!

Esta visión pesimista y antiplatónica no es para nada concluyente, como Issac Asimov ya dejó patente en una de sus famosas obras. ¿Es el universo algo perfecto y eterno o bien resulta ser algo imperfecto que, además, irá siendo cada vez más imperfecto e inerte hasta desaparecer? 



Adrián Castelo, por ejemplo, en su blog expone de forma clara y amena que a nivel teórico no es cierto que un sistema físico aislado, acaso como suponemos que sería el universo por el principio de conservación de la energía, tienda a incrementar su entropía y por tanto su información. Muestra como eso sólo sucede en sistemas abiertos. ver aquí 

Las propias leyes de la física, en todos los ámbitos, son leyes de conservación de la simetrías temporales: tanto si vamos hacia adelante en el tiempo como hacia atrás se aplican exactamente las mismas leyes ¡Las leyes son siempre iguales o equivalentes! Hecho que implica que en un sistema físico aislado la entropía, y por tanto la información del sistema, siempre se mantenga constantes en el tiempo. 

Es decir, las leyes de la física nos llevan a pensar que los sistemas físicos aislados son perfectos: ni pierden ni ganan nada, sino que siempre se conservan.   

Ciertamente, como ya he dicho muchas veces en el blog contra el pesimismo existencial: el universo no puede ser imperfecto y autodestructivo, dado que ello implica reducir la existencia al absurdo, hecho que demuestra que la tesis de partida no vale. 

Otra cosa es que la solución ideal esgrimida por Platón al tomar el universo como perfecto en cada instante aún nos sea válida. También Nietzsche presenta la vida como algo que se muestra siempre perfecto en cada instante; literalmente dice: "el mundo manifiesta, siempre y en cada instante, toda su potencia al completo, pues nunca se reserva nada". Sin embargo, el autor del Zarathustra presenta esta perfección existencial mediante una idea completamente distinta: el eterno retorno! Idea harto similar, si uno sabe comprender lo que lee, a la visión ya presentada por Heráclito cuando dijo: 

"La eternidad es un niño que juega a los dados; de un niño es el mundo". 

Reflexión

2.500 años lleva el espíritu occidental tratando de lidiar con el dilema del azar y el orden, de como se puede originar la vida a partir del ruido cósmico. Y como siempre hay que admitir lo lejos que llegaron los griegos aún con lo rudimentario de sus instrumentos tecnológicos y terminológicos ¡Y sin obedecer a ningún método, sino yendo a la suya! 

Y ¿hasta dónde seremos capaces de llegar nosotros?


  






 

  






martes, 7 de junio de 2022

¿Una demostración fácil del último teorema de Fermat?

Ya he hablado alguna vez sobre el último teorema de Fermat. Pero lo de hoy será algo distinto.




Estamos ante uno de los grandes misterios de las matemáticas modernas; volvió locos a los mejores, y también peores, matemáticos de los últimos 400 años. Chaitín, por ejemplo, reconoció haber considerado que la imposibilidad de demostrar tal teorema demostraba, precisamente, el nihilismo intrínseco de las matemáticas pronosticado por los teoremas de incompletitud y sucesores. 

Historia

Fermat, a quien le gustaba mucho cartearse con los matemáticos franceses de la época planteándoles enigmas y soluciones sin muchas demostraciones, dejó escrito en el margen de una página del libro de Diofanto de Alejandría que leía algo así:

"Para las ecuaciones diofánticas x^n+y^n=z^n es imposible hallar soluciones naturales en n>2. He hallado una demostración maravillosa, pero este margen es demasiado corto para escribirla."

Fermat murió y con él se esfumaron muchos de sus papeles y conocimientos; entre ellos esta supuesta demostración maravillosa. Sólo nos quedó una demostración aislada para n=4.

Con los siglos los matemáticos intentaron de todo para demostrar el teorema expuesto. Incluso Euler, 100 años después de la muerte del francés, pagó una pasta para que rebuscasen en la vieja casa del difunto cualquier papel, apunte o indicio que le permitiesen vislumbrar cómo era esa supuesta demostración.

No fue hasta 1995 que el matemático Andrew Wiles, después de varios intentos, lo logró. Para ello tuvo que emplear 100 páginas de matemáticas altamente avanzadas y repleta de operaciones complejas. Sin embargo, el misterio continua en parte: ¿acaso existe una demostración "sencilla" y maravillosa como la que supuestamente habría hallado Fermat?

He conocido a varias personas que me confesaron sentirse desde muy jóvenes atraídas por semejante misterio. De hecho, una amiga me confió ya hace un tiempo este libro que le regalaron siendo ella adolescente y que guardaba en alta estima: 


Aún lo guardo e incluso le he dado una ojeada.

Sin embargo, lo confieso: no ha sido este un tema que me haya despertado especial curiosidad ¡Hay tantos que no me dejan dormir! Eh aquí mi dilema filosófico fundamental...

Sin embargo, hace unos meses me sobrevinieron una serie de ideas que me han llevado a plantear una posible demostración "sencilla" del teorema. Digo sencilla, porque en matemáticas sólo soy capaz de hacer cosas sencillas y que, además, no me cansen mucho.  

Sea esta demostración correcta o refutada, hay algo que me ha sorprendido al trillar un poco este histórico dilema matemático: comprobar como las ternas pitagóricas se pueden usar como máquinas de factorizar

De hecho, lo que me parece magnífico es haber alertado como a partir de los factores de cualquier número natural se deriva, en un par de operaciones, todas sus posibles "relaciones pitagóricas" ¡Y viceversa! Esto, al menos, sí creo que es algo nuevo, dado que no he encontrado literatura al respecto... aunque tampoco haya buscado mucho. 

En fin, aquí dejo mi propuesta de demostración, mientras proseguiré con mis otras muchas curiosidades filosóficas: (ver aquí)


Edito (26/06/22): Después de unos días haciendo otras cosas, me he vuelto a mirar este post. No voy a extenderme mucho, pero me he dado cuenta que lo que presenté resulta incompleto. 

En fin, continuo fascinado por haber "descubierto" que las ternas pitagóricas son máquinas de factorizar. Es decir, conociendo una terna pitagórica (a,b,c) podemos conocer los factores de a y b. Lo que ocurre es que, tal y como he demostrado (esto sí lo he demostrado) para conocer una terna se precisa, a su vez, de sus factores. 

Por tanto, usar las ternas como mecanismo de descomposición de factores tampoco nos lleva muy lejos, dado que termina siendo un comido por lo servido. Si hubiera otra forma "fácil" de, dado un a, hallar sus ternas pitagóricas sin emplear sus factores, entonces la factorización podría hacerse en tiempo polinomial y se resolvería el dilema P vs Np. ¿Es posible desarrollar una forma tal? Ni idea...

En fin, sorprendido de haber descubierto por mí mismo que el teorema de Pitágoras, con sus ternas pitagóricas, se sustenta sobre la factorización y por ello, sobre la distribución de números primos con lo cual, al entrar en ello por esta vía observamos que vamos directos a tener que tratar la complejidad y por tanto, el azar.  

EDITO 06/08/22

Presento una posible demostración para exponente 3 aquí 

EDITO 30/08/2022

Presento 2 cosas:

a) posible demostración del teorema de Fermat  

b) Forma de obtener una terna pitagórica primitiva a partir de otra y polinomio para obtener ternas pitagóricas

Aquí



 


lunes, 9 de mayo de 2022

El principio del fin de la sociedad de masas. El gran peligro (II)

ir a la Introducción de esta serie (aqui)

Decía Einstein: "no sé cómo será la 3º guerra mundial, pero la 4º será con palos y piedras". 

A lo largo del s.XX el apocalipsis nuclear caló fuerte en el imaginario popular, y con la actual guerra en Ucrania dicho temor se ha avivado de nuevo para muchos. 

Sin embargo, el holocausto nuclear no parece ser, ni mucho menos, el único gran peligro de la civilización. Vislumbro otro genocidio mucho más velado, silencioso, siniestro y quizás aterrador. 

Este peligro está muy relacionado con el síndrome de Buda, que ya comenté hace unos días. No es fruto de despiadadas guerras, de regímenes políticos criminales ni tan siquiera de catástrofes naturales, sino de una lenta y paulatina renuncia a vivir, a desear un futuro, incluso a prosperar. Es decir, es fruto de la aniquilación de las ansias de vivir, de la capacidad para vivir, de los instintos fundamentales de la vida. 



Cuando leemos libros milenarios en donde ser recoge, aunque sea a veces de forma fabulosa y mítica, la historia ancestral de las sociedades -como el antiguo testamento por ejemplo, o a Salustio-, se aprecian, si tenemos ojos para ello, aspectos reveladores de las civilizaciones y sus dinámicas biológicas. 

Vemos como las sociedades alcanzan, después de largos y durísimos períodos de formación y crecimiento a través de guerras, conquistas, conflictos internos y mucha disciplina social, un estado de cierta paz: un estado ideal, alegre y de abundancias ¡Se hacen conscientes y orgullosas de sí mismas! 

En efecto, las sociedades llegan a un punto donde parece que hayan alcanzado una especie de madurez y apogeo existencial por unos años, o algunas generaciones al menos. 

Así pues, en medio de la opulencia, la suerte y la dicha, la paz y la buena vida la sociedad, de algún modo, empieza a desbordarse de plenitud, de satisfacción y deseos de vivir. De repente empieza a surgir una especie de sensación profunda de que "todo vale", "todo es posible", "todo está bien y puede estar permitido", "nada es dañino, dado que se percibe la fuerza en el ambiente y se cree que todo aguanta". 

Las viejas privaciones y limitaciones saben ya caducas, incluso falsas y agobian, de modo que fácilmente son abandonadas por nuevas aventuras y opciones que se inventan ¡La sociedad abandona lo tradicional y autóctono para abrazar lo exótico y novedoso! Y mientras quienes aún preservan cierta mentalidad carca, anticuada y limitada a unos patrones establecidos muy concretos aprecian estas formas como peligrosas, desmedidas y dañinas, las nuevas generaciones, que se autoperciben como más fuertes y bellas, educadas e inteligentes, se lanzan a ellas con tanto entusiasmo como menosprecio muestran por lo anterior. 

Ante este desbordamiento de ansias de vivir apreciamos que cuánto se había juzgado y valorado "sagrado" durante generaciones de crecimiento y formación pasa a ser profanado, ridiculizado o incluso violado impunemente, es decir, se toma curiosamente como una última conquista y por consiguiente se anda convencido de que se puede tratar como César trató a Vercingetorix: a placer ¡Puesto que ya no da miedo ya no se respeta! 

La sociedad entera se lanza con euforia a reinventarse bajo el ciego deseo de nuevas experiencias y libertades. De modo que se vuelve más inteligente, culta y refinada.


En efecto, en este estadio de extensas seguridades y triunfos se buscan constantemente nuevos placeres, excitantes, delicadezas, innovaciones en todos los niveles, tanto materiales como morales e intelectuales ¡La sociedad se ve a sí misma lo suficientemente potente y soberana como para reventar cuantos límites se pongan delante suyo sin ni siquiera tambalearse! Roma es fuerte.

Es en esta etapa de maduración, grandes celebraciones y desbordamiento de las ansias de vivir que aparecen las grandes producciones culturales e intelectuales de toda sociedad en su apogeo, así como también los grandes proyectos y experiencias. De hecho, se observa cómo aparecen, paradójicamente, las grandes virtudes y los grandes vicios al unísono ¡Cómo dos caras de una misma moneda! Son la señal de que el crepúsculo anda agazapado a la vuelta de la esquina. 

En este sentido, nos encontramos ante el principio del fin de la sociedad. Este estadio de exuberancia y libertad, de desbordamiento y plenitud de fuerzas conlleva, de implícito, "hybris", desmedida; en el fondo es un pasarse de la raya de forma alegre, audaz y desenfadada -con todo lo bueno y malo que ello acarrea

Y entonces, sin darse casi nadie cuenta la bonanza se gira y se abre ya descaradamente la puerta a que la corrupción, en sus mil formas y aspectos, campe a sus anchas, puesto que cada vez quedan menos frenos que la mantengan acotada y reprimida ¡La liberalidad corrompe porque, precisamente, destroza cadenas! De hecho, como en una candela, es cuando las instituciones sociales más brillan por el éxito alcanzado cuando más cerca están de empezar a perder su aureola sagrada, su respeto, su sentido y razón de ser hasta dejar de verse incluso como funcionales y beneficiosas. 

¿Qué más se va observando cuando la sociedad se acerca más y más a su crepúsculo? 

Hay algo de fascinante y enigmático en este estadio. Es algo maravilloso y terrible a la vez: se aprecia como la sociedad desparrama en todos los niveles una asombrosa multiplicidad de contrastes, como si fueran mil acordes diferentes danzando bajo una misma melodía. Son, simplemente, un reflejo de la riqueza, la potencia, la complejidad y profundidad alcanzada por tal sociedad.

No hay que llevarse a engaño como siempre les sucede a los moralistas de toda índole desde tiempos inmemoriales y a juicio de los cuales todo contraste es, de raíz, una injusticia, un abuso, algo reprobable éticamente por inmoral. En realidad, donde hay poder ahí se manifiestan los contrastes más profundos y asombroso ¡Es un milagro de la entropía! 

Observemos y dejemos la ética chocha de lado: una sociedad en crecimiento se ha estado expandiendo como un globo que se hincha cada vez más y con ello las diferencias sociales, tanto económicas, como espirituales e intelectuales, se acentúan: lo que antes era más o menos próximo y similar se distancia y radicaliza.  ¡Menudos abismos se crean entre personas, instituciones e ideas! 

Y sí, instintivamente las gentes intuyen este abismo que se abre en silencio y empiezan, poco a poco, a desquiciarse por miedo a perder su "posición",  "su momento", "su cota de placer y felicidad". Empiezan a temer quedarse tiradas, a caerse del frenético ritmo de vida que conlleva tal sociedad en expansión. ¡Nadie quiere quedarse atrás y ser menos! Miradlos como persiguen los rayos del sol que se escurren mar allá...  

Ciertamente, el placer y la felicidad son un adorar el momento hasta el punto de desearlo eterno. Y las gentes de sociedades avanzadas cada vez persiguen más el placer, mientras desarrollan una mayor sensibilidad para detectarlo, olerlo y gozarlo. ¿Qué significa eso? Pues que cada vez persiguen más "el momento", mientras van dejando de lado sus preocupaciones y deseos de futuro, como también su amor y respeto por el pasado ¡Ya no se ven a sí mismo como un continuum histórico sino como un fragmento de presente! 

Al final sólo temen que el momento se les escape ¡Que su tren pase de largo! Con lo cual se corrompen fácil con mil promesas, mientras terminan siendo usados y desechados según sople el viento de las circunstancias ¡Inclusos no pocas veces se vuelven peleles agresivos, psicóticos y ansiosos! Su ánimo ha perdido el rigor, la severidad y el aguante de sus ancestros. Han perdido confianza en sí mismos y su destino: la vorágine social aturde su ánimo.

De una vida de privaciones, severa y frugal, de muchos sacrificios en pos de invertir en un futuro, de férrea disciplina por deseo de perfeccionarse y fortalecerse para así hacer frente con cierto éxito a las circunstancias a venir -las cuales se esperan siempre duras y difíciles-, se pasa a una vida "de vino y rosas"; una vida fácil, ligera y regalada; una vida libre y sin preocupaciones, acaso como la que llevaba Siddharta.  Incluso se pasa no pocas veces a una fascinante vida llena de extravagancias y rarezas tanto espirituales como materiales. Y en efecto, son muchas las filosofías que han surgido en esta etapa.

"Ya la prosperidad relaja el espíritu de los sabios para que hombres de costumbres tan corrompidas se moderen en la victoria!" Salustio.

¿Y qué tipo de individuos se forjan bajo la dulzura de una vida distendida, extravagante, llena de contrastes, de placeres y maravillas? ¿Qué tipos de individuos aparecen cuando una sociedad está en la cima y por tanto, al borde de declinar? Ya se ha dicho: parece surgir gente que aguanta poco, que reúsa sacrificarse, muy mimada y sensible a lo doloroso, lo contradictorio y paradójico ¡Estamos ante grandes inteligencias: veleidosos y cínicos! 

Quizás valga el ejemplo de Petronio: grandes ingenios del placer y el dolor, de los refinamientos y las extravagancias más inteligentes que prefieren morir a sufrir y pasarlo mal; de piel muy sensible y que, por tanto, suelen cubrirse con multitud de disfraces para, mimetizando, protegerse de entornos hostiles... Gentes que les importa casi nada el futuro mientras se emboban por el presente ¡Sólo les importa disfrutar la vida! 


Y curiosamente, al analizar estos amantes de lo raro y exótico, individuos hipersensibles tanto para el placer como el dolor, fruto delicioso de sociedades super abundantes y avanzadas, apreciamos como sus deseos, curiosamente, van decayendo en la medida que se sacian sin ya grandes dificultades y restricciones ¡Al final todo lo bueno también cansa y aburre! Parece ser, pues, que las privaciones acrecientan como un acicate nuestros deseos, mientras que la liberalidad los sacia hasta que se evaporan en un dulce hastío.

Algo vale lo que te ha hecho sufrir por ello. 

El declinar de una sociedad empieza a asomar la pata cuando su líbido constructora flaquea y "dudea" ¡Ya muestra reticencias para crear! Puesto que como el parir, la creación implica dolor, renuncia y exigencia, y ella, cansada y hastiada, se siente que ya no está para tales trotes. ¿Se vuelve espiritualmente estéril? 

Sí, después del verano y la plenitud veraniega acontece el hastío del otoño de toda sociedad: sus fuerzas ya han dado casi todo cuanto podían dar y se convierten en el fantasmagórico recuerdo de un pasado que ya no volverá. Y precisamente ese es su encanto.

En este sentido se aprecia, por ejemplo, como la natalidad en toda sociedad que haya entrado en este período de autocomplacencia crepuscular no sólo deja de crecer como hasta el momento, sino que de forma misteriosa e inquietante empieza a bajar en picado. Parece como si la gente deja de aspirar a un futuro, mientras se ciñe constantemente a un presente ¡Un presente cada vez más concreto y ceñido! ¿Por qué? Acaso su visión vital se estrecha de forma inquietante y peligrosa como si se asomara a una terrible cascada que les llevara a un abismal precipicio: no pueden ya dejar de ver la vida como pura fugacidad y nada más




En fin, desde su dorado punto álgido cuando la sociedad aparece ante el mundo como un fruto perfecto y rico, redondo y maduro a punto de caer del árbol y ser mordido a gusto, con el tiempo empieza a declinar paulatinamente hasta terminar por resquebrajar del todo sus límites, frenos y formas: se marchitan sus instituciones (desde las que conforman el núcleo familiar al gobierno), así como también sus valores comunales. 

Todo se trastoca poco a poco hasta que las grandes fiestas y celebraciones que un día les iluminaron de gozo, orgullo y confianza terminan en espectáculos grotescos y pasados de rosca. Entonces el olor a autodestrucción, hastío, angustia y descomposición campa por doquier: la gente medio desperdigada se desliza lentamente, sin freno y en silencio hacia un oscuro precipicio: ya nadie desea hacer nada, porque ya no siente nada... y además lo teme todo ¡Y sobre todo teme sufrir! La sociedad se vuelve senil. Y mientras tanto, la población disminuye de forma radical e irremediable.

Una sociedad que muere de éxito y languidece bajo el otoño de su vida sólo puede, o terminar desapareciendo en un invierno silencioso y gélido, quizás como ocurrió en Gobekli Tepe; o derivando en una especie de manicomio moralista despótico y asceta donde se criminaliza todo lo bueno vivido juzgándolo el origen "del mal", al estilo de lo que hicieron los cristianos con San Agustín en cabeza; o bien, siendo conquistada por bárbaros: gentes con nuevas y fuertes ansias por vivir, con un nuevo futuro corriendo salvajemente por sus venas, con aguante, intrepidez y capacidad de sacrificio: rudos, inocentes y tontos a la vez ¡Cómo niños pequeños! La mirada de estas gentes, feroces y vivaces, inevitablemente violentas como estrellas en gestación, se dirige, de nuevo e instintivamente, al porvenir y con ello, no temen atarse a frenos, limites y mentiras, a disciplinarse y sacrificarse incluso empleando los actos más crueles ¡Desean crear algo nuevo y propio tomando sin pudor por materia las ruinas de lo viejo! Son gentes capaces de volver a reír, llorar y venerar con toda intensidad.


El universo 25

Cuando en 1962 Calhoun terminó su experimento con ratones llamado "universo 25" quedó estupefacto por lo observado: partiendo de una sociedad de ratones paradisíaca, perfecta y feliz se terminó con la completa extinción de todos ellos: la buena vida les llevó al desenfreno, el desenfreno al hastío existencial y éste a la completa desaparición.

Con ese experimento se evidenció como el crecimiento exponencial de una población, no sólo jamás será indefinido, sino que termina de forma abrupta y, además, no se produce por las condiciones materiales del entorno, sino por el desquició, el hastió y la aniquilación de los instintos vitales al que llevó tal sobreabundancia. 


Des del inicio de las sociedades modernas, en el s.XVII el crecimiento y la abundancia ha ido aumentando siglo tras siglo de forma exponencial. Son muchos los síntomas bajo los cuales podríamos denotar la segunda mitad del s.XX como el momento álgido y de maduración de la sociedad moderna. Y, ¿no somos nosotros, en este s.XXI, quienes empezamos a vislumbrar los primeros rayos del crepúsculo avanzando en todos los ámbitos? ¿Acaso el abismo no se aproxima...? ¿Será rápido?




domingo, 8 de mayo de 2022

El principio del fin de las sociedades de masas. Introducción (I)

 De algún modo la presente serie de artículos son una continuación de otra serie anterior, "Bitcoin vs socialismo" (ver aquí).


Predecir el futuro como si fuéramos oráculos. ¿Será eso posible? ¿No estaremos abrazándonos a una fantasía nuestra sin más? ¡Y la Verdad!  ¿Acaso a la Verdad le gusta que hablemos, todo ilusionados, del futuro? Bueno, quizás le dé curiosidad y, aunque esté enfada con nosotros, nos escuche en silencio para reírse de la tontería que vamos a soltar ¡Y por qué no! Igual también le seducen las promesas -A fin de cuentas predecir es un prometer.

Hay que gozar de una sensibilidad especial para intuir los signos del tiempo y figurarse con tales susurros sibilinos un mundo que no existe ¡Cómo! ¿El futuro no existe? No, claro que no existe. Pero "quizás" muchas partes del futuro, como si de una avanzadilla se tratara, siempre se escurren sigilosas y agazapadas hacia el presente como un preludio de cuanto devendrá. 

A fin de cuentas, ¿no hay siempre mucho de "futuro" en cada presente? ¿No ejerce el futuro, que no existe, una fuerza invisible sobre todo instante presente para que él mismo pueda ser alcanzado y configurado llevando a la vida a fluir y devenir sin fin? Quizás, quizás... y qué interesante nos sabe dicho "quizás".

El futuro de nuestra civilización

Vayamos, pues, a subirnos sin miedo a esta monstruosa ola color turquesa y aroma vivaz que deviene ante nuestros ojos, fríos e impertérritos, con toda su brutal potencia, su arrogante misterio y su horror-belleza entremezclados. Para ello apoyamos firmemente nuestros desnudos pies sobre ese inquietante "quizás"... -Vamos a surfearla- Nos mentalizamos, mientras enfocamos nuestra intrépida mirada al horizonte para no perder el equilibrio -Vamos a preludiar el futuro de esta civilización nuestra: "la civilización de masas"-. 

Somos de pleno conscientes de que si nos caemos de este "quizás" reventamos en manos de la fuerza bruta del hijo de Cronos; pero, lejos de angustiarnos, tan peligroso saber sólo consigue sacar lo mejor de nosotros. 

Con todo, pues, aceptamos entregar nuestra suerte al caprichoso niño Azar que, desde el cielo color "azuleterno", azota al mar del devenir a placer.


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